¿Por dónde empezar?
Hablemos de lo incalculable. Es la médula de un modelo posuniversitario de educación superior que construimos desde hace veinticinco años. Nos hemos demorado en caracterizar nuestro trabajo y contrastarlo con la institución universitaria clásica y también con la contemporánea, que ha cambiado muchísimo en las últimas décadas y se ha desplazado cada vez más hacia una organización tecnológica, a cargo de un saber pragmático y eficiente.
La ingeniería y la tecnociencia han ido contagiando a distintos campos, como el de las ciencias sociales y las humanidades, con la idea de que se ajusten a sus perspectivas. Estamos a las puertas de una especie de eficientización general que reduce a cero el factor de lo impredecible, lo ambiguo y lo parcial. Nuestro esfuerzo es ocuparnos de aquello que resulta residual a lo calculable. Lo hemos puesto en el paradójico centro de lo que hacemos, a modo de una suerte de constante universal (no como ideal abstracto, sino como límite estructural del cálculo). Aludo a un principio físico irreductible: nunca se podría terminar de “planchar” esa “arruga”, calcularlo o saberlo todo.
¿En qué consiste el modelo posuniversitario y qué facilita en el orden actual?
Nos permite pensar más ampliamente las universidades, que hoy enfrentan desafíos enormemente complejos. En particular, como resultado de la neoliberalización de los últimos treinta años, se ha producido una crisis de su propia vocación: el papel que deben jugar las universidades está desdibujado; llegan incluso a confundirse con empresas. En respuesta, proponemos interrogar sistemáticamente todo lo que venga del mercado y también del Estado, para enfrentarlo no solo desde lo que no se sabe, sino desde lo que no puede saberse. En toda sociedad debe haber quien juegue el papel de un metódico abogado del diablo.
La figura que presidió nuestra fundación fue la del fotógrafo ciego. Se trata de Eugenio Bavčar, un querido amigo esloveno con quien hemos colaborado desde 1998. Es un personaje muy revelador: fotografía desde su ceguera. Tiene la fascinante capacidad de producir imágenes ahí donde no ve, por vía de la imaginación, de su capacidad táctil, de la comunicación con otros, de la literatura, etcétera. Hay muchas maneras de producir imágenes desde la invidencia. Curiosamente, él no logra ver sus propias imágenes más que gracias a la descripción que le hacen otros. El fotógrafo ciego produce imágenes, pero al hacerlo genera un verdadero cisma con los fotógrafos regulares y con la relación general que tenemos con la imagen, porque usualmente pensamos que sin la vista no existe posibilidad fotográfica alguna.
Sobre esta base desarrollamos una pedagogía escritural reconocida internacionalmente. Fue en 2006 cuando comenzamos a trabajar en línea, con el ánimo de generar un dispositivo de intercambio de escrituras que pronto atrajo a un número importante de estudiantes de otros países: Colombia, Ecuador, Argentina, Chile, España, entre otros. A la fecha hemos recibido a más de nueve mil.
¿Por qué este año orientaron su coloquio número 40 “contra la ‘perfección’”?
La perfección es algo que ya no es afectado por lo marginal. A partir de ella suele querer medirse todo lo demás. Pero se trata de una ilusión: no hay tal cosa como la perfección (por eso en el título del coloquio, rodeamos el término de cuidadosas comillas). Lo sabemos. Por eso, en la búsqueda de un humano ideal, de una capacidad ideal, de una inteligencia ideal, de una fuerza ideal o de una belleza ideal, no pueden más que cometerse numerosos atropellos. Desgraciadamente, todas las sociedades han incurrido en formas diversas de eugenesia, es decir, formas de violencia que afectan a personas cuyas condiciones son consideradas “anormales”.
El coloquio, en colaboración con una red internacional de investigadores y activistas llamada From Small Beginnings, con sede en University College London (UCL), analizó de manera amplia las distintas manifestaciones de la eugenesia como un afán de perfección en todos los órdenes de la vida: la exclusión de ciertas ideas, referencias o grupos, ahora también mediante algoritmos. Esta eugenesia 2.0, metafóricamente hablando, puede observarse en políticas respecto a la migración o en la imposición de esterilizaciones a poblaciones indígenas.
¿Cómo opera la eugenesia en el presente?
Desde el siglo XIX, la eugenesia fue un programa científico, médico, pedagógico y de política pública para “mejorar la raza”. Eu- significa “bueno”, “adecuado”, y -genesia remite al nacimiento, la herencia o la estirpe. Todas las culturas promueven la buena crianza, pero en las acciones de gobiernos es fácil que la cosa se torna excluyente y violenta, de maneras muy diversas. Estamos ante prácticas orientadas por ideales: ahí surgen las exclusiones por el color de la piel, por no hablar “bien” o por creer en deidades distintas. Una cosa es que tus hijos nazcan sanos y crezcan fuertes, otra muy diferente es diseñar genéticamente a tu descendencia para decidir el color de su piel u ojos, en un intento por desvincularse de la complejidad –y la riqueza– social y cultural. Son posibilidades cada vez más cercanas.
¿Cuáles son los impactos de la búsqueda de esos ideales?
Son tremendos. Se diezman poblaciones, se producen formas de segregación pura y dura en múltiples contextos. Hay que dar la discusión actual sobre la llamada inteligencia artificial, que entre nosotros tiende, en su configuración dominante, a emular la perspectiva de un hombre blanco del norte global. Su programación es eugenésica en la medida en que no incorpora experiencias y perspectivas humanas correspondientes a otras poblaciones y otros mundos.
¿Cómo se articulan las prácticas eugenésicas en los proyectos supremacistas como los que vemos ahora?
En Occidente se trata de una pugna en favor del supremacismo blanco, contra el multiculturalismo – a su vez funcionalizado por ciertos integrismos bajo apariencias progres. Lamentablemente, no es éste el único supremacismo. Proliferan en todos los continentes, aún si con alcances históricos y geopolíticos muy distintos. Hay supremacismos judíos, como también islámicos. El que insiste ahora mismo desde el vecino país del norte es cristiano. En Asia tampoco faltan, ni en África. Estamos ante una enorme eclosión que alimenta a la vez que trasciende las rivalidades entre bloques. Vemos enfrentamientos entre globalistas y antiglobalistas con muchísimas ramificaciones, que atañen a las poblaciones más diversas, los desarrollos biotecnológicos, la inteligencia artificial, etcétera. Estas pugnas conllevan toda clase de motivos eugenésicos
¿Por qué la tecnología tiene un papel tan protagónico en esta configuración de los supremacismos?
Como escuché decir en un video a Peter Thiel, fundador de PayPal y de Palantir —empresa hoy tan influyente en el terreno de la defensa y los contratos militares en Estados Unidos—, lo llamativo de la tecnología es su capacidad para sustituir a la política: lograr por vía tecnológica lo que no puede lograrse políticamente, porque implicaría convencer a demasiada gente. En lugar de pugnar políticamente, se desarrolla una infraestructura digital masiva que encarna ciertas políticas públicas y permite alcanzar fines por otras vías. Vemos desarrollos comparables en China. La tecnología, que siempre ha sido importante y ha formado parte de la vida humana desde el comienzo, hoy tiene una capacidad de penetración en las mentes y los imaginarios —y, por ende, en la organización política y económica— insólita. No terminamos de dimensionarla.
¿Cuál es el potencial eugenésico de las plataformas digitales privadas?
Modifican muchísimas cosas que dábamos por sentadas. Subrayo su capacidad de intervenir en el orden de la economía política, de reinventar relaciones sociales y modos de transaccionalidad. No se trata solo de ejércitos o misiles, lo que ya es bastante, sino de reorganizar a la sociedad en su conjunto, administrarla y vigilarla. Su potencial eugenésico es enorme: qué se observa y a quién, qué es incluido y qué excluido, de qué puede hablar y de qué no, por qué, qué lenguas circulan y cómo, quién accede a qué y bajo cuáles condiciones. Todas estas grandes infraestructuras digitales tienen un alcance extraordinario.
¿Por qué hoy hay tan pocos espacios para reflexionar o cuestionar esta reorganización?
La tecnología, de la mano de la economía, de la búsqueda de eficiencia y del ejercicio del poder, se despliega con enorme fuerza. Hay poco espacio para preguntarnos si queremos todo esto o hasta dónde. Luego viene la sobredeterminación tecnológica de los espacios sociales, culturales y subjetivos. Hoy se habla de la complejidad que entraña que la gente tenga como interlocutoras personales a las IA, que se vivan relaciones amorosas con personajes virtuales, que se enfrenten duelos muy desconcertantes cuando, al actualizarse el sistema operativo, se perdió al amante digital.
Lo que está en discusión es el lugar de lo humano, nada menos. Como en todas las grandes revoluciones tecnológicas, lo humano vuelve a redefinirse. Hay mucho por entender, dirimir y negociar, sin embargo, carecemos del tiempo y la agencia para hacerlo. En todo esto hay un avasallamiento frente al cual, me parece, las universidades deberían tomar posición: pensar en cómo funciona, qué experiencias arroja, y abrir de par en par los espacios para plantear las preguntas que permitan que lo que suceda no sea simplemente una salvajada. Apenas va empezando y los estragos ya son evidentes. Pensemos, entre tantas, en las consecuencias laborales que ya se experimentan. ¿Qué actividades se van a automatizar sin más y dónde quedamos las personas?
¿Qué están haciendo las universidades, entonces, para responder a todo esto?
Desgraciadamente, lo que se observa sobre todo es la implementación activa de la tecnología: su integración e incorporación al quehacer universitario, en nombre de la competencia en el mercado, como si de una carrera armamentística se tratara. Se recurre a la inteligencia artificial y a otros dispositivos para emprender ese maratón.
Nosotros, desde hace una década, decidimos definirnos menos como un instituto educativo y más como una plataforma que sostiene una comunidad y, poco a poco, un modo de vida integral. Siempre supimos que la idea de la posuniversidad podía llevarse de manera concreta al tejido social. La existencia social puede organizarse en torno a distintas referencias: el poder, el saber, la subjetividad. Nuestra elección es organizarnos en torno a lo incalculable y modular desde ahí decantar las formas que toma el poder, el saber y la subjetividad. Al plantear lo incalculable me remito a la mirada del ciego, animada por un deseo de imagen. Nada más humano que anhelar lo imposible.



