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Subjetividad, tiempo y alteridad. Diálogos entre filosofía y psicoanálisis

En seguida compartimos un adelanto del volumen Subjetividad, tiempo y alteridad. Diálogos entre filosofía y psicoanálisis de Sara Sutton (México, Akal, 2025), junto con la presentación que de él hiciera Gabriel Meraz A. el sábado 5 de septiembre, 2026, durante la 2a edición de la FIL Pensamiento Crítico.

 

 

Presentación de: Subjetividad, tiempo y alteridad. Diálogos entre filosofía y psicoanálisis, de Sara Sutton

por Gabriel Meraz A.

 Para comenzar, quisiera añadir algo acerca de la prosa del libro, de la ya que se han señalado algunas cualidades. Encuentro que es una prosa que invita a escuchar. Al establecer resonancias entre los autores y los temas que convoca crea un entretejido sonoro que convierte la lectura en una cámara de ecos; algunas resonancias son tan fuertes que insistirán en mi presentación, luego de haberse mencionado en la de Natalia Perez Vilar. En una época en la que el psicoanálisis parece aquejado de una lectura «sorda» (lo que sintomáticamente se evidencia en algunas traducciones), creo que se trata de una gran virtud del texto.

Si bien sabemos que el psicoanálisis nació en una interlocución con diversos saberes, lo primero que llama la atención en el libro que presentamos hoy es que —al proponer un diálogo entre filosofía y psicoanálisis, como indica el subtítulo— incursiona en un ámbito poco explorado, el de las relaciones del psicoanálisis con la fenomenología. Y es que no abundan los estudios que se hayan aventurado en esta dirección.[1] No es del todo extraño si pensamos que, aun cuando surgen de manera contemporánea, ambas disciplinas se desarrollaron en campos que podrían llamarse antinómicos, siendo la fenomenología, básicamente, una filosofía de la conciencia. Y en particular, a partir de Husserl, una filosofía de la conciencia de “algo”, con la consigna programática (a decir de Blumenberg) de «ir a las cosas mismas»  [Zu den Sachen Selbst]. Pero, ¿cuál sería la “cosa misma” en el psicoanálisis?

Una contraposición apresurada nos permitiría situar dicha antinomia entre la conciencia y el inconciente, entre lo representable y lo irrepresentable, o bien entre el mundo tal como es percibido y una «realidad psiquica» tal como es fantaseada en su entrevero (incluso su enredo) con el mundo. De entrada, la autora libra los escollos que podrían salir al paso planteando de inicio una cuestión metódica. En las primeras páginas nos dice que «la teoría crítica, la fenomenología y el psicoanálisis se mueven en un campo fértil», pero, advierte, también «aporético», y que no solamente «pone en crisis el estructuralismo clásico y la ontología, el positivismo y la metafísica», sino que, subraya Sutton, «de forma más radical cuestiona toda lógica dicotómica: presencia-ausencia, singularidad-universalidad, objetividad-subjetividad, naturaleza-cultura». Y advierte enseguida que: «si se pierde esto de vista, además de que se reduciría el potencial crítico de estos planteamientos, se correría el riesgo de producir discursos que critican la universalidad, el idealismo y el positivismo pero que no escapan necesariamente al dogmatismo y la ideología».[2] Cuando se trata de un discurso que se reclama del psicoanálisis, combatir estos puntos, en especial los dos últimos: dogmatismo e ideología, me parece de una importancia e incluso de una urgencia capitales.

En lo que sigue voy a delinear la manera en que, en mi lectura, el texto lo consigue, señalando algunas de sus apuestas. En el estado actual de cosas, puede no resultar perogrullada afirmar que el texto apuesta ante todo por la lectura y por la escritura. En una era que empieza a ser calificada de post-letrada, en la que se habla del advenimiento una sociedad post-logos, una apuesta semejante tiene consecuencias. Una de ellas es que el escrito abre una vía a la complejidad. El rechazo a cualquier forma de complejidad tan en boga puede no ser ajeno a los soportes audiovisuales en que proliferan los llamados «contenidos», que tienden a sustituir hoy al texto escrito. Lo que sin duda vendría a dar razón a un Marshall McLuhan, cuando aseguraba que «el medio es el mensaje». Una complejidad que apela naturalmente a otra temporalidad (uno de los ejes del libro); tal como el sujeto «llega tarde a su propio nacimiento», la prosa del libro nos propone demorarnos en una lectura donde la buena lentitud resiste a cualquier modo actual de aceleracionismo. El libro que presentamos muestra que el medio escrito goza de una vigencia incuestionable cuando se trata de sostener el discurso psicoanalítico.

Dicho esto, podemos añadir que acoger la complejidad permite a la autora hacer otra apuesta, una apuesta por la teoría. Es notorio que en la actualidad se tiende a desdeñar la teoría. En el texto que dedicó a lo que en cierta época se llamaba «práctica teórica», el filósofo Theodor W. Adorno Adorno planteaba, con miras a distinguirlas, una discontinuidad entre praxis y teoría, formulando que si la teoría es aquello que combate la ideología en la práctica serían susceptibles de disolverse las posturas identitarias;[3] y sabemos que son precisamente tales posturas las que permanecen coaguladas en las lógicas dicotómicas hoy tan extendidas en cuanta polarización nos sale al paso.

Sobre este punto —siempre álgido en lo que se refiere al psicoanálisis— de la relación entre práctica y teoría, el libro Subjetividad, tiempo y alteridad señala un posible y fecundo cruce entre fenomenología y psicoanálisis; escribe Sutton: «la fenomenología apuesta por el sentido práctico de la vida teórica y conmina a no perder de vista que la teoría surge de la praxis».[4] ¿Valdría lo mismo para el psicoanálisis? Sabemos que Freud no dejó de sostener que sus elaboraciones teóricas (a las que no escatimó el estatus de ficciones) se hallaban ancladas a su práctica clínica y, sin embargo, sabemos también que fueron célebres los casos en que su lugar como teórico y como investigador fue un obstáculo fehaciente en algunos análisis y la causa de que estos se malograran; dicho de otro modo, estamos advertidos de que el saber teórico suele provocar, en la práctica, interferencias en la transferencia. Si bien no puede afirmarse que en psicoanálisis la praxis surge de la teoría (sería una franca aberración), en ese «sentido práctico de la vida teórica» postulado por la fenomenología resuena aquella definición un tanto enigmática de la ética psicoanalítica que diera Jacques Lacan cuando —en el momento de fundar su Escuela— formuló que: «la ética del psicoanálisis es la praxis de su teoría». El libro de Sara Sutton nos recuerda que «si la teoría deja de tener que ver con la práctica, se convierte en una vida estéril»,[5] algo que el psicoanálisis, en su tensa y conflictiva relación con el fenomenológico «mundo de la vida» hará bien en tener presente.

Decíamos que la apuesta del libro por la escritura se ve reflejada en una apuesta por la lectura, y esto es manifiesto en el rigor con el que Sara lee a sus autores de referencia, de Levinas a Derrida y Jean-Luc Nancy, sin faltar los autores no europeos como Raymundo Mier, pero pasando principalmente por Husserl, y ese contemporáneo suyo que más nos interesa aquí, Sigmund Freud, además del Jacques Lacan del llamado «retorno a Freud», es decir, un Lacan relativamente temprano, que es el que sin duda mejor dialoga con la fenomenología, antes de la puesta en cuestión de la intersubjetividad. Pero quisiera referirme a otra de las apuestas que se halla entretejida con la apuesta por la escritura del libro que presentamos: la apuesta por la materialidad; acaso una apuesta implícita (el término no aparece en el texto como tal), que se explicita en el lugar que se otorga al cuerpo visto como una superficie escritural. Algo que, si bien no es nuevo y se halla incluso inscrito en su origen, conviene no olvidar en tiempos en que cierto psicoanálisis parecería desentenderse del cuerpo como algo cuya presencia no resulta ajena a un decir, un decir que «rebasa el hablar».[6] De esta suerte, el libro de Sara Sutton nos invita a:

apostar porque surja un decir distinto a la palabra de entrada o la palabra experta y que esté sostenido en un saber que emerja desde las cicatrices de su propio cuerpo, desde los suburbios de su pensamiento y las barricadas del alma, más que desde las grandes avenidas del diagnóstico clínico y el discurso social.

En los desplazamientos así figurados se delinea el contorno de la apuesta principal del libro, la cual podría cifrarse en una apuesta radical por la singularidad, que es, como se indica casi al final del libro, «la apuesta [de] transitar por el suelo siempre movedizo y subversivo de la singularidad, irreductible a un territorio subjetivo u objetivo»; apuesta donde quedaría disuelta de modo eficaz la dicotomía más fundamental.

Y es en la posibilidad de acoger dicha singularidad y su carácter subversivo que el psicoanálisis y la fenomenología pueden trazar un encuentro en el método de la llamada époché, esta actitud, esta posición subjetiva surgida del escepticismo pirrónico que conoció una renovación en el siglo XX con Husserl, la cual convierte «lo objetivo en algo subjetivo», según las palabras del fenomenólogo. La suspensión del juicio, la puesta entre paréntesis del mundo, que no afirma ni niega una existencia (la transforma en pregunta), lleva a Sara Sutton a interrogarse, «¿no es justamente esa una de las premisas del psicoanálisis, o más bien, una condición necesaria para que pueda tener lugar la escucha psicoanalítica?» La figura del «psicólogo puro» como «espectador desinteresado»[7] sirve para avanzar una respuesta; escribe Sutton que este «debe partir de la tematización de su vida, esto significa que debe realizar una époché sobre su propia vida para entonces poder acceder a la vida psíquica de otros sujetos».[8] Esto da pie en el libro a señalar el carácter indispensable de que «el analista pase por la experiencia del análisis como analizante». Si admitimos que es por la experiencia del propio análisis que el analista surca el camino para alcanzar un modo específico de relación con el saber, la époché husserliana sería —como figura de una radicalización del no-saber del psicoanalista— una condición de la escucha.

Pero el libro que presentamos no limita su alcance al registro de lo íntimo que podría caracterizar al espacio analítico, y no da la espalda a la dimensiones política y comunitaria que hay en juego. Así, la radicalidad de su apuesta por la singularidad no resulta ajena a esa alteridad también radical en la que se encuentran —si bien por supuesto de un modo nada libre de conflicto— el psicoanálisis y la fenomenología; razón por la que Sutton ofrece también algunas reflexiones acerca del valor y el alcance del discurso testimonial.

Queda planteada la pregunta acerca de qué clase de comunidad podría configurarse en acuerdo con esta doble radicalidad en donde singularidad y alteridad se dan la mano en el cruce del psicoanálisis y la fenomenología. Siguiendo la línea de las reflexiones sobre la cuestión comunitaria abierta por autores como Roberto Esposito y Jean-Luc Nancy, Sara Sutton sugiere lo siguiente:

Asumir que el sujeto no se sostiene por identidad sino en comunidad, y que la comunidad no es “nada” -es decir que ni tiene esencia, ni tampoco identidad o sustancia, sino que se teje en el “entre” de la relación misma entre extraños, implica reconocer que el sujeto […], no es una mónada sin puertas ni ventanas que se vale por sí misma, sino que su intimidad más recóndita está embebida de mundo y alteridad y que su existencia es exposición y desgarro.[9]

En estas líneas se puede leer que una apuesta semejante exige una comunidad abierta, con puertas y ventanas (dicho de otro modo: una comunidad agujereada), permeable y porosa; una comunidad de extraños y, más concretamente, de «cuerpos extraños» (según la expresión de Nancy), pues en el libro se pone el acento en la extranjería como condición subjetiva. Y una comunidad que pueda acoger el desgarro, la herida misma que es la marca indeleble que porta el sujeto en su existencia.

 

[1] Merece destacarse como antecedente un libro de Guy-Félix Duportail: Lacan y los fenomenólogos. Husserl, Levinas, Merleau-Ponty, Letra Viva, Buenos Aires, 2011.

[2] S. Sutton, Subjetividad, tiempo y alteridad. Diálogos entre filosofía y psicoanálisis, Akal, México, 2025, p. 10.

[3] T. W. Adorno, Consignas, Amorrortu, Buenos Aires, pp. 159-165.

[4] S. Sutton, op. cit., p. 103.

[5] Idem.

[6] Tal sería «la apuesta explícita del psicoanálisis», según la formulación de H. Saettele citada en S. Sutton, op. cit., p. 160.

[7] La figura permite evocar una ocurrencia consignada por Octave Mannoni en sus cuadernos, quien, después de su primera sesión de análisis con Jacques Lacan, anotó: «Constato que el analista deber parecer desapegado, desinteresado. Cuando se interesa mucho […] parece interrumpirse la corriente». O. Mannoni, Aquí nos separamos. Este es mi camino, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1997, p. 375.

[8] S. Sutton, op. cit., p. 127.

[9] S. Sutton, op. cit., p. 116.