20 de febrero, 2026
Como todos sabemos, estamos en un momento de transformación profunda. Cambian las condiciones materiales, tecnológicas, ambientales y sociales que sostenían el mundo tal como lo conocíamos. Cuando un modelo se agota, no deja un vacío neutral: ese espacio lo ocupan proyectos que disputan activamente el sentido del futuro, algunos desde lógicas excluyentes, autoritarias y deshumanizantes.
Esa disputa no ocurre solo en el terreno económico o institucional; se juega en los imaginarios, en el lenguaje y en las condiciones mismas de la percepción. Se juega en aquello que una sociedad llega a considerar deseable, inevitable o imposible, y también en qué se vuelve visible, qué queda fuera y qué puede ser nombrado como problema o como posibilidad.
La imaginación es clave. No como fantasía ni evasión, sino como capacidad crítica y encarnada: una forma de percepción que puede alterar lo visible y desajustar lo que se presenta como natural. Como señala Georges Didi-Huberman: “Para saber, hay que imaginar(se)”. Sin imaginación no hay forma, y sin forma no hay comprensión real. Imaginar no es escapar de lo existente; es intervenir en él.
Imaginar futuros exige, antes que nada, aprender a observar el presente de otra manera. No como un escenario que diagnosticamos desde afuera, sino como un entramado que nos incluye y nos afecta. Nuestra percepción no es neutra: está atravesada por miedos, hábitos y prejuicios. Por eso es fundamental asumir que nuestro punto de vista está sesgado. Si olvidamos esa condición, dejamos de escuchar y comenzamos a imponer.
Escuchar no como gesto conciliador, sino como práctica de descentramiento. Sostener un espacio donde podamos pensar desde la diferencia, incluso desde el desacuerdo, sin convertir la diferencia en enemistad. Frente a la polarización dominante, necesitamos tecnologías de encuentro: metodologías de mediación, escucha y conversación capaces de sostener el conflicto .No basta con hacer ajustes. Esta no es una crisis que se resuelva afinando lo existente. Lo que está en cuestión son las bases de nuestras formas de producir sentido, de organizarnos y de relacionarnos. Si hablamos de imaginación colectiva es porque necesitamos revisar nuestros supuestos más arraigados: cómo entendemos el conocimiento, cómo concebimos la tecnología, cómo habitamos el presente y cómo pensamos el futuro.
En este punto me resulta cercana una idea de Lucrecia Martel en Un destino común: más que ofrecer respuestas cerradas, la tarea es abrir espacios de conversación que permitan inventar, junto a otros, nuevas formas de habitar el presente.
Sostener prácticas que, desde la relación y el diálogo, hagan posible otra organización de lo común.
La imaginación, en este sentido, es inseparable de los afectos y los vínculos. En una época marcada por el aislamiento y la normalización de la crueldad, fortalecer la relación es un acto político. Rita Segato ha advertido que la repetición de la violencia reduce los umbrales de empatía y vuelve habitual la deshumanización. Frente a ello, necesitamos prácticas que restituyan la empatía, coloquen el cuidado en el centro y entiendan la ternura como una fuerza pública.
No proponemos un programa cerrado ni una hoja de ruta definitiva. Es un ensayo: un espacio para ejercitar colectivamente la imaginación, revisar nuestra manera de percibir, sostener conversaciones complejas y cuidar los vínculos.
Inventar hoy no es anticipar un mundo acabado. Es crear las condiciones para que algo nuevo pueda comenzar entre nosotros. Eso exige revisar lo que damos por sentado, especialmente cuando creemos que ya sabemos.
Sin imaginación, sin conciencia crítica de nuestros propios límites y sin vínculos sostenidos en la conversación y el afecto, cualquier idea de futuro se reducirá a administrar el deterioro.
Observar el presente con atención, escuchar más allá de nuestras certezas y aceptar la fragilidad de no tener respuestas definitivas puede parecer insuficiente en un mundo que exige soluciones inmediatas. Pero quizá en esa apertura —en esa disposición a mirar de otro modo y a construir en común— se encuentre la posibilidad real de imaginar y sostener futuros más habitables.



