Ante un porvenir atravesado por perturbaciones que desbordan nuestra capacidad de previsión, necesitamos infraestructuras capaces de pensar y actuar en la incertidumbre. Las universidades -que hoy enfrentan una significativa crisis de vocación- pueden desempeñar un papel decisivo si, además de producir conocimiento, preservan la pregunta, el no saber y la apertura a lo incalculable. En este horizonte, la naturaleza posuniversitaria y el recorrido de 17, Instituto se antoja de particular pertinencia como una infraestructura capaz de articular conocimiento, creación y acción de cara a lo incalculable.
De cara al futuro, hoy
Los futuros se nos vienen encima. No es una manera particularmente elegante de decirlo, pero quizá sí bastante precisa. Nos hemos acostumbrado a pensar el futuro como aquello que está adelante, a cierta distancia de nosotros, aguardando su turno. Pero hoy el futuro parece ocurrir antes de tiempo.Las perturbaciones ambientales, tecnológicas, políticas, económicas, culturales y subjetivas se entrelazan y potencian. Cada una modifica las condiciones en las que intentamos responder a las otras. Resulta difícil calcular qué ocurrirá, qué saberes necesitaremos, qué capacidades tendremos que desarrollar y cuáles de nuestras formas organizativas seguirán siendo pertinentes. El porvenir se ha tornado así, entre otras cosas, en un problema de infraestructura.
Cuando hablamos de infraestructura solemos pensar en carreteras, redes eléctricas, sistemas de agua, telecomunicaciones, edificios. Pero también hay infraestructuras para pensar, aprender, crear, asociarse, preguntar y actuar. Hay condiciones materiales e institucionales que permiten que ciertas cosas ocurran y otras no. ¿Cuáles son nuestras infraestructuras para el porvenir? La pregunta importa precisamente porque no sabemos qué viene.
Necesitamos plataformas capaces de reunir saberes, prácticas, recursos y comunidades sin determinar de antemano aquello que pueden producir. Lugares donde sea posible sostener preguntas que todavía no sabemos formular. Formas de asociación capaces de actuar frente a problemas que atraviesan las divisiones disciplinares, profesionales, institucionales y nacionales con las que hemos organizado buena parte de nuestra vida colectiva.
Esto concierne de manera muy particular a las universidades. Ante problemas de escala planetaria, las redes globales de universidades constituyen una de las pocas infraestructuras de conocimiento cuya escala es también planetaria. Pueden investigar el cambio climático, las transformaciones tecnológicas, las migraciones, las mutaciones del trabajo, las nuevas formas de violencia, las crisis sanitarias y las transformaciones de nuestras subjetividades. Pueden producir diagnósticos, formar personas, desarrollar tecnologías y anticipar escenarios.
Pero me interesa otra función de la universidad, quizás menos evidente. La llamaría su función socrática. Si buena parte del Estado y del mercado se encuentra dedicada a calcular, anticipar, administrar y reducir la incertidumbre, alguien debe ocuparse también de aquello que no puede calcularse. No porque calcular sea innecesario. Lo hacemos todo el tiempo y debemos hacerlo cada vez mejor. El problema aparece cuando lo calculable se convierte en la medida de todo lo posible. Alguien tiene que cuidar las preguntas. Alguien tiene que poder decir: no sabemos. Alguien tiene que alojar las contradicciones, las singularidades, los conocimientos todavía inexistentes y las posibilidades que ninguna agenda ha previsto. Quizá las universidades puedan constituir, conjuntamente, una gran red socrática. Una infraestructura planetaria dedicada no solamente a producir conocimiento, sino también a salvaguardar el pensamiento y, con él, una relación abierta con lo incalculable. Esta posibilidad obliga, desde luego, a interrogar a la propia universidad.
De ahí que en 17 hayamos insistido durante años en la figura de la posuniversidad. No se trata de anunciar que la universidad haya terminado ni de imaginar aquello que vendría simplemente después de ella. Estas son siempre preguntas abiertas. ¿Qué puede llegar a ser, qué debería ser hoy una universidad? ¿Qué ocurre en sus bordes, en sus cruces con los medios culturales, los movimientos sociales, la experimentación tecnológica y la economía? ¿Qué sucede cuando el saber se articula con la creación y con la intervención? ¿Y si investigar pudiera significar también instituir otras condiciones de existencia? Tal vez esto permita plantear de otra manera el problema de los futuros.
Durante mucho tiempo hemos imaginado que prepararse para el futuro significa anticiparlo. Elaboramos escenarios, hacemos proyecciones, calculamos riesgos. Todo ello es indispensable. Pero cuanto mayor es la incertidumbre, más evidente resulta que ninguna previsión será suficiente. Necesitamos otra capacidad junto a la previsión: la creación en vivo, la improvisación. Improvisar no significa actuar arbitrariamente ni prescindir del conocimiento. Al contrario. Solo puede improvisar quien dispone de recursos, memoria, sensibilidad, escucha, entrenamiento y capacidad de relación. La improvisación aparece cuando todo eso se pone en juego frente a una situación cuyo desenlace no estaba escrito. Por eso hablamos también de infraestructuras improvisatorias. No serían instancias destinadas a eliminar la incertidumbre, sino a permitirnos habitarla colectivamente. Infraestructuras capaces de aprender y transformarse; de reunir diferencias sin reducirlas; de preservar preguntas antes de apresurarse a responderlas; de vincular conocimiento, creación y vida social; de improvisar sin renunciar a la memoria, el rigor ni la responsabilidad.
Las redes universitarias podrían ser, acaso deberían ser, una de ellas. Su escala, su diversidad y su extraordinaria capacidad de transmisión las vuelven especialmente importantes frente a problemas planetarios. Pero para ello tendrán también que transformarse, relacionarse de otras maneras entre sí y abrirse a aquello que ocurre fuera de sus perímetros. No sabemos exactamente qué instituciones necesitaremos. Y acaso sea mejor comenzar por reconocerlo. El desafío no consiste en construir instituciones capaces de dominar la turbulencia. Se trata de contar con infraestructuras capaces de actuar dentro de ella.
Pienso en una chinampa. Una chinampa no elimina el agua para poder cultivar. No necesita convertirla en tierra firme. Construye una superficie suficientemente estable para sembrar sobre un medio que permanece móvil. Allí se puede producir, cosechar, intercambiar, volver a sembrar. Quizá algunas de las infraestructuras que necesitamos para el porvenir se parezcan a eso. No prometen tierra firme. Nos permiten cultivar mientras seguimos a flote.
En este contexto, la Caravana adquiere una importancia particular. A lo largo de los años, 17 ha ensamblado una importante comunidad de estudiantes, egresados, colaboradores, amigos e interlocutores diversos que difícilmente podría describirse mediante las categorías habituales de pertenencia institucional. La Caravana no está contenida por un campus ni coincide con una matrícula. Está hecha de trayectorias que se cruzan, se separan y vuelven a encontrarse; de saberes y prácticas que circulan entre lugares, generaciones, campos y contextos muy distintos. Quizá por ello deba pensarse menos como una comunidad constituida que como una promesa permanente capaz de producir relaciones aún inexistentes.
Ante los futuros que se nos vienen encima, la Caravana puede resultar decisiva. Bien podría convertirse, por ejemplo, en una red de escucha, pensamiento, creación y cooperación capaz de activarse lenta o rápidamente allí donde las circunstancias lo requieran. Sus integrantes habitan universidades, espacios culturales, organizaciones sociales, espacios profesionales, territorios y países diferentes. No se trata de centralizar esas capacidades sino, por el contrario, aprender a ponerlas en relación desde su diseminación: hacer circular preguntas y testimonio, detectar problemas emergentes, convocar apuntes inesperados, acompañar iniciativas e incorporar respuestas que ningún individuo habría podido producir por separado.
La Caravana podría ser considerada, en este sentido, uno de nuestros más preciados bienes en común. No una comunidad teológicamente reunida alrededor de certezas centrales, sino un circuito capaz de ponerse en movimiento cuando las certezas faltan. Una red que conserve memoria sin quedar fijada a ella; que haga de sus diferencias un recurso; que pueda ensayar, equivocarse, aprender y volver a intentar. Si durante estos años 17 ha insistido en dar lugar a lazos sociales otros, acaso el desafío siguiente consista en desplegarlos de manera pertinente según un porvenir que no podemos anticipar del todo. Quizás la Caravana pueda ayudarnos, incluso, a comprometernos colectivamente en su producción.


