Expediente

Este lado del muro

Uno se asoma por la ventana al final de la tarde, un fin de semana, y ve afuera desolación pura. Los niños no pasean ya con sus bicicletas o sus monopatines; los vecinos no se manifiestan ni con su música de siempre; parecieran haberse ido de vacaciones. No se trata de eso, por supuesto. No ayuda que ahí afuera los pájaros estén ahora, ya sin nosotros, como una presencia permanente y que hayan tomado los espacios que antes parecían nuestros. No sé si será cosa mía, pero últimamente me da la impresión de que más pájaros revolotean afuera. A ellos, como al parecer a toda la fauna del planeta, una pandemia vino a darles la libertad que a nosotros nos ha quitado.

Es verano aquí, como casi todo el año, y es la temporada de verano más seca, sin lluvia, que hace meses no cae para acabar con la monotonía de un calor de treinta y siete grados a la sombra, con apenas viento en breves rachas después del mediodía. Mi casa está en una de esas residenciales de “circuito cerrado”, lo que significa que contamos con vigilancia privada y un muro que nos separa (y nos protege) de ese mundo exterior precario y peligroso que constituye, en un país como Honduras, cualquier zona carente de murallas y vigilancia.

De ese muro hacia adentro no debería haber, por ahora, temor a contagiarnos del virus, se supone, porque en los datos oficiales aún no se ha mencionado el nombre de nuestra colonia. Vemos el mapa de los contagios en la ciudad y comprobamos que este sector tiene escasas marcas, en colonias vecinas, algunas de ellas también con muros y vigilancia, etcétera. Se respira aquí con cierta tranquilidad, hasta que uno recuerda que el gobierno actual es experto en manipular la información y en modificar las cifras, no importa si se trata de votos, de fondos públicos, de contagiados o de fallecidos por el virus. La enorme cantidad de dinero destinada a la emergencia es inversamente proporcional a la cantidad de pruebas realizadas para detectar contagios. Los datos oficiales hasta hoy, después de más de dos meses en cuarentena, hablan de unos cinco mil casos en una población de nueve millones y medio de habitantes. Pero la sospecha de que esta información es falsa es casi una certeza. Seguramente hay muchos más.

Asomarse por la ventana, además de asomarse a esa desolación tan solo rota por el gorjeo de los pájaros, implica asomarse al peligro de una muerte invisible, distinta a las habituales formas de la muerte en países como el nuestro, donde vivimos aquejados por la violencia y otras pestes. Esa muerte no acecha solo afuera, después del muro de nuestra colonia y de las armas de los vigilantes, sino también aquí, frente a nuestra casa, en la idea del peligro que está, incluso (tendemos a creer), en el aire que respiramos.

Para los tres miembros de nuestro hogar, acostumbrados al encierro voluntario y sin demasiado contacto vecinal, estos meses de “aislamiento social” han sido bastante normales. Han cambiado algunas cosas por el simple hecho de que el trabajo y la escuela ahora se realizan desde casa, en la computadora, pero, por lo demás, no nos ha costado demasiado llenar las horas del día y combatir ese “aburrimiento” tan temido durante esta cuarentena. Aquí escuchamos música en nuestros ratos libres; leemos, vemos series y películas; jugamos Uno, ajedrez o Notenojes; nos metemos en la piscina portátil y practicamos tenis de mesa. Yo dedico unas horas de cada mañana a escribir una novela. Disfrutamos, en resumen, en el marco de las circunstancias, de una felicidad extraña. Los días se nos acortan con tantas posibilidades; estos primeros meses de encierro se nos han ido tan rápido como supongo que se irán los próximos dos o tres o cuatro que nos quedan. ¿Cuánto durará la vida así?, me pregunto, aunque sin demasiada prisa.

A veces leo en Twitter artículos que hablan de las consecuencias de este encierro. Soy consciente de mi situación privilegiada con respecto a la de muchos otros. Trabajo en una universidad que ha adaptado la mayoría de sus actividades a la modalidad virtual y mi salario sigue llegando cada mes. Trato de imaginar lo que las circunstancias actuales implican para otros, y en ese intento de empatía alcanzo a construir en mi cabeza, sobre todo, escenas que tienen una correspondencia exacta con el estrés, el miedo, la preocupación, la tristeza o la desesperación, escenas de miseria o de violencia familiar, escenas que, por suerte, nada tienen que ver conmigo, que, si acaso, apenas doy la impresión de temerle al aire que pasa frente a mi casa.

Para muchos de ellos no habrá espacio ni tiempo para el aburrimiento: nadie puede aburrirse mientras tiene miedo o hambre o rabia, mientras ve caer alrededor aquello que pacientemente ha construido; nadie puede aburrirse cuando sabe que hacerlo es una frivolidad y un lujo en medio de la crisis y de la tragedia.

En países como este, en donde todo, siempre, va rumbo a peor, estamos acostumbrados a la crisis y a la tragedia, de manera que, aunque calculemos que de esta situación saldremos derrotados, hambrientos, desesperados, con la certeza de que a la mayoría de los que sobrevivan les tocará empezar otra vez desde el principio, esperamos (quienes podemos darnos el lujo de esperar), con paciencia o impotencia, con miedo o con rabia, con unas expectativas o una tristeza a la medida de nuestras posibilidades, que llegue ese momento.

Aquí la miseria y la tragedia son una cosa diaria, inmediata y fácilmente reconocible a cada vuelta de esquina; pasar hambre y ver pasar la muerte a cualquier hora solo nos confirma como los habituales espectadores que siempre hemos sido, y nos convierte, si acaso, en seres un poco más aptos para la sobrevivencia.

Al otro lado del muro, afuera de esta colonia que en las actuales circunstancias transmite, con decidida vocación cinematográfica, la idea de una zona de refugio en el inicio del apocalipsis, vivir así, como vive la mayoría, en su propio reality show interminable, es todavía más difícil.

¿Qué soy yo, qué somos todos los que vivimos aquí, de este lado del muro que nos separa de la vida, o más bien de esa forma invisible de la muerte que acecha afuera? ¿Qué clase de sobrevivientes somos o seremos?, podría preguntarles a todos. Nos quedan algunos meses para averiguarlo. Mientras tanto, la vida es eso que pasa lentamente y nos mira de reojo con un gesto interrogativo.

 

San Pedro Sula, Honduras

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa