Expediente

La pandemia y el neoliberalismo

Sorpresas

Una de las tantas cosas que me sorprende en esto de la pandemia es el papel del Estado. Antes de entrar en tema, debo primero explicar lo de la sorpresa. Además de la obviedad de que la pandemia es en sí misma una sorpresa, parece que el mundo ha entrado en la modalidad de lo inusitado. Lo que era común y normal hace unos meses ya no lo es y ha sido cambiado por otra realidad que no habíamos imaginado. No solo me refiero a los hechos empíricos sino también a las formas de pensar y de afrontar la realidad. Vemos cómo las distintas medidas de seguridad han llevado a otro comportamiento de la población. Las paradojas de vivir en reclusión y del aislamiento nos sorprenden por lo impensables que eran hace solo unos meses. Cada día leo en el periódico algo que no había visto ni pensado antes. Es decir, no paro de sorprenderme de todo lo que sucede y seguirá sucediendo por “un tiempito” más. Vivimos una realidad sorprendente y desorientadora pues no tenemos idea en qué estamos y a dónde vamos. Aunque Mercedes Sosa cantara que cambia, todo cambia hace ya bastante tiempo, igual nos sorprende la velocidad de los cambios y cómo los cambios se normalizan, nos normalizan. Vivimos adaptándonos a las nuevas medidas. Por supuesto, es fácil decir que todo esto es solo temporal y que ya volveremos a la normalidad. La pregunta ¿qué es esa normalidad? la pasamos por alto.

 

Presencia del Estado

Bueno, a lo que iba. El papel del Estado. Una de las primeras cosas que sucedieron es que de la noche a la mañana el Estado se nos presentara como la gran autoridad, decretando una realidad que hasta ese entonces era más bien un presentimiento y una  inquietud. Solo desde el momento en que el Estado se dirigió a la ciudadanía es tuvimos una pandemia. La voz del Estado instituyó la pandemia, la hizo oficial y le dio realidad. Antes de la declaración por supuesto que se hablaba de el virus y del peligro, pero en términos abstractos, como una noticia más. Sobre todo como una noticia en algún lugar lejano. La declaración estatal implantó la pandemia como un hecho y desde una política estatal. La frase: “estamos en una pandemia” hace de la pandemia algo real. Pero la frase no termina ahí sino que continúa con “hemos decidido tomar las siguientes medidas”. Es decir, la declaración de una realidad va ligada a una política. Esto, por supuesto, no es nuevo, y Agamben lo ha repetido miles de veces: un estado de excepción. Igualmente nos tomó por sorpresa: de pronto teníamos una crisis de salud, un virus letal (antes de la declaración el virus no era muy letal, más bien una gripe…) y debíamos cambiar radicalmente nuestra manera de vivir. Como buen estado de excepción, las medidas son impuestas y la fuerza del orden tiene el poder de usar la violencia para hacer valer las medidas de seguridad. Sin que nos diéramos cuenta pasamos a un Estado de fuerza.

Lo de la declaración constituyente de la realidad se ve claramente en aquellos Estados que en primera instancia optaron por negar la pandemia e incluso declararon que no pasaba nada y que todos fueran a trabajar o salieran como si nada. Esta negación atrajo la crítica de el resto del mundo y al fin también ellos se declararon en pandemia, con efectos desastrosos por la tardanza, como por ejemplo en Nueva York.

 

Autoridad

Sin darnos mucha cuenta se implantó en todas partes el Estado autoritario, policial y omnipotente. Estado de emergencia, situación de alerta o cualquier otro nombre. La policía y el ejército toman las calles e implantan un orden violento con poderes totalitarios; multas e incluso cárcel por no atenerse a la reclusión, juntarse con más de tres personas o no mantener la distancia decretada de un metro y medio. Todo por nuestro bien, por supuesto.

Eso es lo más desconcertante y asombroso: no existen argumentos para criticar las medidas de seguridad. El Estado tiene razón, pues es efectivamente la manera de parar el avance del virus. Estamos de acuerdo en que las medidas son necesarias y la población acepta y adhiere a la pérdida de libertades. Este autoritarismo abre puertas para implantar un totalitarismo inusitado. Hungría desecha el parlamento y su presidente rige por decreto como cualquier dictador. En Filipinas, el presidente da ordenes de “disparar a mata” a cualquiera que se encuentre en la calle y no acate órdenes. Las puertas están abiertas, para cualquier líder autoritario, de hacer lo que quiera y de utilizar la violencia que considere pertinente. Tanto es el uso de autoridad que el comisariado de derechos humanos de Naciones Unidas ha expresado su preocupación por el totalitarismo incipiente. Agamben ya lo había explicado; el estado de excepción es un estado de violencia, también en países democráticos que respetan los derechos humanos. Aun así, el Estado se ubica por sobre todos los derechos. Autoritarismo y violencia racional y sensata. Es la única manera, decimos. No atenerse a las directivas es ir en contra la propia salud y la de los otros. Acercarse al otro se transformó en delito de contagio. Una paradoja que no podemos solucionar, ni siquiera entender cabalmente.

 

Desintegración mundial

En tiempos de crisis nos amparamos en el Estado y esperamos de él seguridad. Es sorprendente cómo el mundo se desintegró en los distintos Estados dejando atrás todas las ideas de globalización y transnacionalismo. Una de las primeras medidas que todos los diferentes Estados tomaron fue la de cerrar las fronteras. La comunidad europea, con su famosa abolición de fronteras, se desintegró en los distintos países que incluso tuvieron que poner guardias fronterizos, algo que no usaban ya por décadas. El Estado se repliega y centra en sí mismo. Ningún Estado —que yo sepa— realizó consultas con sus vecinos antes de implantar las medidas. El cierre de fronteras implica el miedo al extranjero: el habitante de otro país puede contagiarnos, es potencialmente un portador de epidemia.

 

Neoliberalismo

Esta situación echa para atrás la globalización y el paulatino acercamiento de los países en mercados comunes. La globalización es el resultado de la implantación casi global de las doctrinas de Milton Friedman, mejor conocidas como el neoliberalismo. Desde la década de los setenta, en el siglo pasado, se dio libre vía al emprendimiento. El Estado retrocedió a favor de la empresa privada, a la que se le otorgó la mayor libertad posible. Bajo la idea de que, en esencia, no hay sociedad, solo individuos. El bien común fue paulatinamente debilitado ante la privatización de los bienes comunes e incluso de las riquezas naturales. La idea es que solo los emprendedores son capaces de sacarle partido a los bienes y a las riquezas mediante su introducción en el libre mercado. Bajo la ley de demanda, y en competencia con otras empresas, el último beneficiado es el consumidor, dice la doctrina en una mala interpretación de la idea de Adam Smith sobre el egoísmo como motor del mercado.

El neoliberalismo dio carta blanca al egoísmo y a la acumulación de capital. El rol del Estado es simplemente el de actuar como árbitro y asegurar el libre mercado, impidiendo monopolios. El monopolios es, según Michael Porter, la finalidad de cualquiera empresa, pues significa el triunfo total. La famosa teoría de las cuatro fuerzas de Porter está dirigida a superar las amenazas de los competidores. Menciono a Porter para enfatizar el egoísmo desenfrenado que predica el neoliberalismo. La sociedad de consumo, bajo parámetros neoliberales, alaba todo egoísmo y desprestigia la idea del bien común y de la solidaridad, produce una insensibilidad social que es vista como la mejor forma de innovar y desarrollarse. También los consumidores solo están interesados en su propio bien personal y son motivados por el egoísmo de la posesión y el consumo.

El Estado se transformó en una especie de soporte para las empresas, asesorando e incentivando al empresario y privatizando —es decir, cediendo a las empresas— los bienes comunes (privatización del transporte, la educación, la energía y el agua).

Mas aún, el Estado mismo se transformó en empresa mediante la teoría del new public management que postula que la organización del Estado debe ser la de una empresa y los usuarios deben ser vistos como clientes. Las organizaciones estatales deben competir con empresas privadas y regirse bajo las leyes del mercado. Alcanzamos, entonces, la pérdida masiva de lo común, del bien común. Los empresarios poblaron la política y fueron electos en altos mandos para regir a los países como si fueran empresas.

 

Externalización de costos

No está de más recordar que sobre todo con el neoliberalismo se expandió un antiguo fenómeno económico como es el de la externalización de costos, que afirma que los costos reales de una empresa pueden ser externalizados a la sociedad, dejándolos fuera de la contabilidad empresarial. En cierto sentido, la externalización es necesaria para la existencia de una empresa y es casi imposible de definir. Una empresa de transporte, por ejemplo, solo puede existir si el Estado construye carreteras donde puedan pasar los transportes. El costo de las carreteras, si bien son un beneficio a la empresa de transporte, no es considerado en los libros de contabilidad de la empresa. El ejemplo es un poco extremo, pero es el mismo mecanismo que rige en una reducción del personal. Una empresa con finanzas débiles, generalmente trata de reducir los costos mediante la reducción del personal y el incremento de la producción: con menos gente, producir más. La reducción es necesaria, pues los costos del personal generalmente son los más significativos en una empresa. Se justifica el despido con un argumento utilitarista, pues de lo contrario la empresa en su totalidad podría entrar en bancarrota y todos perder. Pero los despedidos siguen costando dinero, no en el balance de la empresa, sino ahora en la sociedad en general a través del costo de la seguridad social del Estado. El costo ha sido externalizado de la empresa y el balance muestra cifras positivas. Las cifras del Estado no son de incumbencia de la empresa en la sociedad neoliberal. Este ejemplo no es académico, pues hoy en día somos testigo del despido masivo en países afectados por la pandemia: los cesantes son problema del Estado (20 millones en USA, según leo en el periódico). Esto es un claro ejemplo de cómo el neoliberalismo incrementa la insensibilización social y cierra los ojos a cualquier idea de solidaridad. En efecto, para el neoliberalismo no hay sociedad, solo individuos dispuestos a obtener su propia riqueza por sobre otros.

 

Intervención

Hago esta larga excursión en política económica para subrayar el cambio que hubo en el papel del Estado durante la crisis. Desde el momento en que los diferentes países anunciaron sus medidas de seguridad, muchos Estados se apresuraron a declarar que garantizaban los salarios y que estaban dispuestos a ayudar a aquellas empresas que sufrieran con las medidas. Con el confinamiento, muchas áreas económicas quedaron imposibilitadas de operar: todo el sector de restaurantes y bares, peluquerías y tiendas de cuidado, pero sobre todo la industria del turismo y de viajes. De la noche a la mañana se paró casi todo el trafico aéreo en el mundo, las compañías aéreas no tienen ingresos y están al borde de la bancarrota.

Ya habíamos visto en la crisis económica del 2008 que el Estado no puede permitir la bancarrota de las grandes empresas; en este caso los grandes bancos, pues se considera que el costo social era demasiado agudo: significaba que miles de clientes perdieran sus ahorros y el Estado se vio obligado a subvencionarlos. Aunque el rescate financiero funcionó bien, las protestas desde la sociedad fueron grandes. La sociedad tuvo que pagar las malversaciones, riesgos extremos y mala gestión de los bancos. Hoy, nuevamente el Estado se ve obligado a intervenir y financiar a las empresas perjudicadas por las medidas de seguridad, con una diferencia fundamental: la pandemia nos tomó por sorpresa a todos y no es atribuible a ninguna negligencia. Empresas sanas y sólidas han tenido que suspender sus actividades y con ello perdieron sus ingresos. El Estado se compromete a ayudar a las empresas en problemas.

 

Condiciones sociales

Ese compromiso cambia las cosas de manera bastante profunda. Pues el Estado, que aprendió de las protestas, no puede financiar pasivamente, sino que está obligado a poner condiciones dictadas por la política. Los parlamentos presionan al Estado en el tipo de condiciones a exigir. En otras palabras, el Estado interviene en la política de la empresa y exige, por ejemplo, una política de medioambiente o de igualdad social. La insensibilidad social que provocó el neoliberalismo es intervenida por el Estado, al exigir una estrategia más social a las empresas.

Se puede discutir si el Estado va lo suficientemente lejos en esa puesta de condiciones. Aquí aparece también la prohibición a las empresas que reciben subvención de pagar dividendos a sus accionistas y pagar los bonos variables a la dirección. Estamos, entonces, frente a un cambio que puede ser radical en la ideología del neoliberalismo. Un cambio que de hecho ya se está efectuando, pues los Estados están interviniendo y financiando empresas en peligro. El rol pasivo que exigía el neoliberalismo ha dado paso a un rol activo en el que las empresas se acercan al Estado —mantenido lo más alejado posible de ellas en el neoliberalismo— y piden ayuda. El egoísmo neoliberal cambia en la crisis a una sumisión al poder estatal. Esto tiene profundas consecuencias para el emprendimiento desenfrenado que hemos visto en las últimas décadas.

La globalización se paró de la noche a la mañana. Con el cierre de fronteras y el decaimiento de transportes internacionales, las empresas ven cortada su red de suministros y de salida. No pueden vender productos en otros países y no pueden recibir materias primas o partes de ensamblados. La crisis demuestra lo frágil del sistema. ¿Veremos un repliego en la producción nacional? Por el momento se habla de un retorno, lo más pronto posible, a la normalidad. Está por verse cuánto tardará ese retorno y si es posible. Tal vez se reinstale una producción nacional como forma de seguridad ante posibles crisis. Lo que sí es cierto es que las condiciones que impone el Estado obligan a empresas a revalorar sus políticas a largo plazo y significan un corte fundamental de sus libertades.

 

Intervención estatal

Las empresas piensan y quieren un retorno al mundo del año pasado, pero están obligadas a aceptar las condiciones políticas que se les imponen. Y esto solo es el principio. Hasta ahora hablamos de financiamiento y seguridad de pago de salarios por parte del Estado. Financiamiento en forma de subvenciones y préstamos a largo plazo. Cuanto más dure la crisis, más problemas de financiación habrá. ¿Puede el Estado subvencionar a todas las empresas que pierdan solvencia? Seguro que no y además eso iría en contra de la esencia misma del libre mercado. Las empresas irán a bancarrota. Aquí nuevamente el Estado juega un papel esencial ya que tendrá que decidir cuáles empresas deja quebrar y cuáles hay que salvar para disminuir el costo social que significaría la bancarrota. El Estado se transforma así en juez del mercado y juzgará las empresas. Este juicio debe necesariamente ser regido por consideraciones políticas y sociales. Se trata del costo social en la cantidad de cesantía que significaría y la pérdida de actividad económica en la cadena social. Las empresas que, por razones político-sociales, son salvadas por el Estado caen necesariamente bajo control estatal; es decir, ¡hablamos de nacionalización! Y de ahí a una economía estatal, el paso es pequeño. La privatización de los bienes comunes se convierte en una nacionalización o, mejor dicho, en una renacionalización. Con ello hay un retorno de la discusión fundamental acerca del bien común. La crisis implica en renacimiento del bien común y la socialización del sector empresarial privado. Si el Estado subvenciona a empresas en peligro, tendrá que poner por condición una política social.

 

Política social

Está por verse, por supuesto, si el Estado es capaz de poner este tipo de condiciones. Los parlamentos y la ciudadanía podrían exigirlo. Incluso sería una exigencia inevitable. Por el momento, los Estados tratan de esquivar estas ideas pero vemos cómo la discusión política va cada vez más por este camino. Vendrán protestas, eso es seguro. Nadie puede esperar que grandes cifras de dinero se utilicen para mantener empresas con vida sin poner condiciones político-sociales. Si el Estado no interviene el problema social será gigante y abrumador. Veremos grandes bancarrota y disturbios sociales. No debemos olvidar que todo el sector económico del turismo y hospitalidad está en estos momentos sin ingresos y no se ve que dentro de poco puedan volver a operar. La cínica idea del neoliberalismo de un balance del mercado mediante un darwinismo social, claramente no funciona en estos momentos. No solo los débiles pierden sino que todos por igual. Estamos realmente en crisis. Pero al parecer la crisis subterránea que se empieza a perfilar es una crisis del neoliberalismo. Que las ideas neoliberales no se darán por vencidas fácilmente es obvio. Con lo cual no es difícil predecir una gran discusión (tal vez violenta) acerca del sistema neoliberal. El Estado ya está interviniendo en la economía de mercado y se verá obligado a intervenir mucho más. Esto es un paso asombroso que hace un par de meses no nos podíamos imaginar.

 

O tal vez no pase nada

Por otro lado, podemos también pensar que todo esto es una cosa pasajera y que volveremos a la normalidad pronto. El Estado se retirará de las empresas que estarán agradecidas por la ayuda prestada. Ayuda que es necesaria, pues las empresas son las que crean valor en la sociedad y las únicas capacitadas para administrar los bienes comunes. La privatización de los bienes comunes llevó a una gran eficiencia y a una mejor administración. La nacionalización es siempre una burocratización y una pérdida de flexibilidad, innovación y gestión. Aquí no hay nada nuevo; el Estado interviene para restablecer el orden y garantizar el libre mercado. Una vez pasada la crisis, el Estado debe retirarse de la gestión y dar la libertad necesaria al sector privado para que pueda crear valor que, al fin, beneficia a toda la sociedad.

Es asombroso que estas posibilidades hayan entrado en juego y que podamos tener una discusión fundamental sobre el sistema económico reinante y el rol de la sociedad. La política y el estado en la economía. La pandemia puede ser una crisis fundamental de la sociedad actual o una ligera ondulación sobre la superficie del mundo. En definitiva: son tiempos asombrosos.

 

 

Róterdam, abril 2020