Expediente

La segunda cuarentena

1.

Veo algunos miles marchado orondos por las calles de Berlín, Madrid o de las ciudades de Estados Unidos, negando la pandemia, quejándose de que han mermado sus libertades individuales, esbozando teorías conspiranoicas; abjurando, incluso burlándose, del uso de la mascarilla. Se merecen esa foto que circuló en redes sociales, en la cual dos integrantes del equipo de salud de un hospital, cubiertas con mascarilla, cubrecabezas, pantalla facial y guantes, agarran una cartulina que dice: “Se solicita voluntarios que no crean en covid-19. Actividades: —Traslado de pacientes —Traslado de óbitos —Aseo. PD: como no es real, no se les dará equipo de protección”.

Viniendo de donde vengo, y viendo lo que ahí ha pasado, solo puedo hallar dos posibles explicaciones para esta gente: o no se les ha muerto todavía un ser querido a causa del virus, o la estupidez les terminó consumiendo el cerebro.

 

2.

Escribo desde London, pequeña ciudad de la provincia de Ontario, desde un hostal que el Google Maps describe como “hotel modesto”, y en donde Grace y yo estamos pasando la cuarentena obligatoria de 14 días. Cuando salgamos de aquí, volveremos al sitio donde alquilamos, un pequeño monoambiente ubicado en la planta alta de una casa más o menos grande, rodeada de árboles y de aves cuyo canto me hizo comprender un poco más a Messiaen.

El dueño de casa se llama James. Vive en la planta baja. Es veterano de guerra, ha enviudado tres veces y él mismo va en su SUV a hacer sus compras de supermercado. Se ve bien para sus ochenta y tres años. Con todo este relajo de la pandemia no queríamos (ni nos era permitido por las autoridades de Inmigración) que hubiera la mínima posibilidad de arruinar su récord de salud.

Cumplimos con todos los requisitos de las autoridades. Incluso teníamos listas las reservas de este hostal, los gastos cubiertos de alimentación por los 14 días y el pago de la única compañía autorizada de transporte que nos llevaría desde el aeropuerto de Pearson, en Toronto, hasta nuestro lugar de aislamiento en London. Es decir, el “plan de cuarentena” creíble y minucioso que exigían con tanto denuedo en la página oficial del gobierno. Aquel plan que nunca nos pidieron en Inmigración del Pearson.

 

3.

Llevamos poco más de una semana de encierro en la habitación 221. Tocan la puerta y nos dejan la comida. La comida viene dentro de bolsas de papel. Los envases y los cubiertos son de plástico; los platos, de cartón. Al tercer día de lavar esos platos en el lavadero del baño, nos preguntamos si sería mejor comer con cubiertos de casa y no desperdiciar en plástico y cartón. Desde entonces, esto ha sido posible gracias a la amabilidad de James.

Llevamos poco más de una semana. Tocan la puerta y nos dejan la comida. El desayuno, a eso de las 9. Y el almuerzo y merienda, en una sola entrega, como a las 11.

Este piso es por lo general silencioso. A lo sumo, se escucha un hombre y una mujer que se insultan en una habitación contigua. Le digo a Grace que se insultan como rednecks. En la recepción, Grace vio una vez policías. Por el aspecto de algunos huéspedes, consumidos por la adicción o descuidados en su higiene, podría sospechar que pudo ser debido a alguno de ellos. Sin embargo, no puedo ser tan categórico. Quizás tuvo algo que ver que este barrio no es tan bonito. O que aquí cerca queda el cuartel general de policía.

Técnicamente, esta es nuestra segunda cuarentena. La primera fue cuando llegamos a Ecuador. Por la ventana de nuestra habitación, se ve a la izquierda un club de streap-tease llamado “Beef”, cuyo parqueadero empieza a llenarse a partir de las seis de la tarde, todos los días. A la derecha, en cambio, hay una iglesia reformista grisácea que permanece cerrada. Carne y culpa en una sola cuadra.

 

4.

Vivimos el inicio de la pandemia aquí en Canadá, con la suspensión de clases presenciales en los últimos dos meses del semestre de invierno en la universidad y la sustitución por las sesiones vía Zoom. La continuamos con una combinación de ansiedad y angustia, coordinando desde aquí, a través de WhatsApp, toda la información que nos llegaba de los médicos tratantes en la unidad de cuidados intensivos, en donde la madre de Grace luchaba por su vida, al igual que decenas de pacientes en esa misma clínica. Esa ansiedad y angustia se multiplicó con creces cuando vivimos de cerca la tragedia. No hay peor impotencia que ver a los nuestros sufrir y no poder conseguir rápidamente un vuelo y estar ahí, justo cuando más lo necesitan.

Mientras lloramos la pérdida de mi suegra, pasamos semanas enteras entre súbitas cancelaciones de vuelos, la eterna espera en los call centers de las aerolíneas para exigir reprogramación o reembolso, y sesiones de meditación de kundalini yoga, a cargo de un pariente yogui que se conectaba a través de su Facebook Live. Aprender a vibrar los mantras fue como agarrarme de una balsa que se batía en medio de una tempestad. También fue como dejarme ir, aceptar que nos podemos ir de aquí en cualquier momento. Que el azar simplemente es.

Así pasamos semanas enteras.

Semanas en que aparecían anuncios contradictorios de la OMS, en que fanáticos religiosos se excitaban ante la posibilidad real del Apocalipsis. En que la prensa internacional llamaba a Guayaquil “la Wuhan de Latinoamérica” y mostraba el horror de los cadáveres abandonados en las calles, mientras la prensa ecuatoriana mayormente se dedicaba a edulcorar la ineptitud de las autoridades y, en el caso de la TV, incluso a una perversa evasión, pasando enlatados de telenovelas, realities y Bob Esponja. En que los muros de mis contactos ecuatorianos en redes sociales suplicaban una y otra vez pintas de sangre o tanques de oxígeno. En las que amigos y amigos de mis amigos escribían obituarios, y una de ellos llegó a dar hasta doce pésames en un solo día.

Semanas que se convirtieron en dos meses, el tiempo que nos tomó llegar a Guayaquil para estar con mi suegro, sobreviviente del virus, y acompañarlo en su proceso de reinventarse tras la ausencia de su compañera de vida.

 

5.

Para poder llegar a Ecuador, tuvimos que recurrir a unos vuelos que el gobierno nacional puso a disposición de sus ciudadanos, mal llamados “humanitarios” porque costaban lo mismo que un vuelo comercial. En el consulado en Toronto nos tuvieron tonteando, a la espera de que llegara un avión a esa ciudad, cuando luego de varias semanas nos enteramos de que todos los vuelos de Norteamérica que no despegaban desde Estados Unidos, partían desde México. En vista de que nuestra visa gringa estaba caducada, no quedaba otra que ir como sea a México para, a partir de ahí, tomar el vuelo de repatriación. Pero las fechas de estos eran impredecibles, había que estar a la caza, podían suspenderse de la nada. Por eso intentamos conseguir paralelamente un vuelo comercial. Una vez descartado Copa, debido al cierre indefinido del aeropuerto de Ciudad de Panamá, en donde siempre hacen escala, optamos por Interjet, que volaba directo a Ecuador. En caso de que nos resultara el vuelo de repatriación (como así pasó), pediríamos reembolso de la otra.

¿Recuerdan cuando Bolaño dijo que los cuentistas que tengan aprecio por su obra no debían leer nunca a Cela y a Umbral, y en aquel escrito no lo puso una sino dos veces? Lo mismo digo de Interjet. Nunca, y lo digo con ganas otra vez: si se tienen amor propio, nunca le den un solo centavo a Interjet.

 

6.

Escribo desde el aislamiento, desde mi propia isla de Patmos, mientras afuera se desata el Apocalipsis. Es verdad que la pareja de rednecks se sigue insultando durante las noches, que la policía sigue rondando la recepción del hostal, que hay uno que otro consumidor de crack mirando ardillitas corriendo por encima de la cerca. Pero en Ecuador hubo verdaderos infames que cobraban hasta mil dólares para encontrar los cadáveres de los pacientes que se perdían en las morgues colapsadas de los hospitales públicos, y otros que se aprovecharon la emergencia sanitaria para cometer multimillonarios actos de corrupción en la compraventa de insumos médicos con sobreprecio.

 

7.

A los negacionistas de la pandemia, adherentes de Trump y seguidores de los patéticos tuits de Miguel Bosé, les cuento que desde que salimos y volvimos a Canadá, hemos sobrevivido a cuatro ciudades y siete aeropuertos, que siempre usamos mascarillas (aunque a veces el elástico me ha irritado la parte de atrás de la oreja), que practicamos el distanciamiento social, que hasta ahora hemos dado negativo a tres pruebas PCR y a dos de inmunoglobulinas. Y que esta segunda cuarentena es más real que la credibilidad científica del dióxido de cloro. Les aseguro, queridos míos, que no tienen por qué dejarse seducir por el terraplanismo. Gracias a Eratóstenes de Alejandría, quien calculó la circunferencia de la tierra casi al mismo tiempo que nacía Jesús, fuimos salvados de la ignorancia eterna.

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa