Expediente

Otla vez aloz

Escribo el domingo 7 de junio desde Madrid. Aquí, el confinamiento por el virus chino parece haber pasado, y justo mañana lunes la ciudad ingresará a eso que ahora se llama “nueva normalidad”. Cumplí el encierro al pie de la letra, sin salir en ochenta y tres días de mi departamento, que aquí llaman “piso”. Desde entonces, cada noche a las veinte horas salimos a aplaudir en los balcones el esfuerzo y heroísmo del personal médico, que aquí llaman “sanitarios”.

Por primera vez vi a mis vecinos que antes sólo había escuchado. Vi a la pareja de arriba, que apodamos “los Joeres” pues se la pasan de pleito y las expresiones que más gustan emplear son “¡joer!” y “¡coño!”. Se les nota que son antiguos franquistas y ahora son fervientes monárquicos que más cerca están de asesinarse que de divorciarse.

Pude ver a la muchacha de abundantes cabellos del piso de abajo que se la pasa cantando, o gritando, al estilo de Amanda Miguel. Al principio salíamos a aplaudir de noche, pero vino el cambio de horario y entonces los aplausos se dieron a la luz del día. Descubrí que la muchacha no era tal, pues resultó muy notoria su incipiente barba.

Mi vecino del tercero derecho no sale ni a aplaudir ni a tomar el aire, pues eso le alejaría unos segundos del televisor. El de abajo tose desde hace dos años sonora y constantemente; nadie sabe de qué está enfermo. Al otro lado vive uno de los peores tenores del mundo occidental; es cómico su esfuerzo por dar el do de pecho, si uno lo escucha por primera vez, luego se vuelve cargante. Durante diciembre canta villancicos. Más abajo, vive un pianista que lleva tres años intentando dominar una misma pieza. Una señora con sobrepeso vive en el quinto piso. No hay elevador. Se le oye imprecar en tres idiomas cada peldaño que sube. Hasta arriba son ochenta y cinco. En el segundo izquierdo, un insoportable perro ladra, pero su propietario, como todos los propietarios de perros, cree que su animalucho es encantador.

A menos de cien metros se realizan las obras de remodelación de la Plaza de España, y desde temprano hasta que baja el sol, se escucha el ronroneo de las máquinas y los golpes de martillos gigantes.

Pero cuando tengo visitantes, me dicen: “Qué silencioso es tu piso”, y me cuentan sus angustias sonoras, mucho mayores que las mías. Un amigo escritor venezolano, por ejemplo, comparte pared con un burdel. Escucha sonidos diferentes a los de mi piso. Me dice que intenta escribir cuentos para niños y termina haciendo novelas eróticas.

De modo que no me quejo de mi suerte. Joer.

 

El encierro no es cosa grave para un escritor. He tenido más de dos meses sin distracciones para avanzar bonitamente en mi obra maestra. Mi mujer me dijo que yo sólo me doy cuenta del confinamiento porque noto que ella no sale.

A partir de mañana podré salir, pero poder no es querer.

Recordé una vieja canción con el verso “ya probé la libertad, y me gustó”. Yo ya probé el confinamiento, y me gustó.

Pero entiendo que mucha gente se esté volviendo loca, pues se han apoyado en la televisión para hacer que pase el tiempo.

 

Los primeros días de la cuarentena se respiraba un aire de espiritualidad: El ser humano iba a cambiar. Íbamos a ser mejores. Aprenderíamos a valorar lo valioso.

Llegué a creerlo. Supuse que en ese descubrimiento de lo valioso el libro ocuparía un sitio predominante, que habría un renacimiento intelectual. Pero sólo subieron las horas-pantalla, mientras que las editoriales zozobran. Era, Sexto Piso y Almadía, ya castigadas por el vandalismo tetratético, hubieron de apelar a los corazones de la buena gente, pues la mera masa de sus lectores apenas daba para una hambruna. También las grandes empresas comercializadoras de libros detuvieron sus prensas. Y ahora que bajen las aguas encontraremos que el sector más golpeado será el de la cultura, para desgracia de la humanidad y buenaventura de los gobiernos autoritarios.

España no se salva. La única gente que clama contra el castigo a la cultura es la poca gente culta. Los demás comen ansias para que comience la liga de futbol.

El centro de la indignación española va contra la autorización que dio el gobierno para hacer una marcha feminista el 8 de marzo. Por eso, para pedir castigo al gobierno, los indignados organizan sus marchas. Y una vez que se marcha para protestar contra las marchas, se puede marchar por cualquier cosa.

 

La pandemia se gasta como la “Macarena”. Seguramente este texto llega a los lectores cuando ya el tema se siente muy manoseado. “Otla vez aloz”, dirá el lector como en aquel inocente chiste que ya no se cuenta porque se volvió políticamente incorrecto.

El virus de 1918 mató más millones en el mundo, pero no se le dio tanta importancia en los medios ni en el comportamiento de la gente. Las economías no sufrieron caídas tan graves.

Ahora la ira de la gente se dirige contra los gobiernos: ¿por qué no fueron más decisivos, más estrictos, a la hora de imponer el confinamiento? Dentro de unos meses la ira será de la misma intensidad, pero en sentido contrario: ¿por qué fueron tan estrictos a la hora de imponer el confinamiento? Y es que, pasado el susto, la realidad será el empobrecimiento económico, la falta de empleo, se percibirá como un desperdicio la compra de miles y miles de respiradores que habrán de arrumbarse en bodegas o la construcción de modernos hospitales para pandemias.

Dentro de unos meses, Greta asomará la cabeza por la ventana, para ver qué vientos corren ahora que se enteró de que el paraíso no se alcanza estacionando aviones y coches, ni cerrando las carboeléctricas, y que uno no se calienta durante el invierno con estribillos verdes. Dentro de unos meses, debidamente vacunados, los animalistas volverán a desvelarse por las ratas de laboratorio.

Pero el mundo no cambiará para bien. Será menos libre. Más ignorante. Será más manada y menos individuo. Seguiremos oyendo muchas variantes de esa frase estúpida de que “el verdadero virus es el hombre” o eso de “yo quisiera ser civilizado como los animales”, porque no corren tiempos de aquel renacimiento en que el hombre era la medida de todas las cosas; no, señor, el virus nos tomó en el momento en que debíamos avergonzarnos de ser humanos, y los hombres debíamos avergonzarnos aún más.

Yo no tengo televisión; por eso no pasé la cuarentena acompañado de estúpidas celebridades dando estúpidos testimonios de sus estupideces íntimas; no, yo la pasé nadando entre libros: novela, poesía, clásicos, arte, historiadores, científicos. La pasé acompañado de los personajes más sabios que ha dado el mundo, de los humanos más humanos. Por eso siento gran admiración por el hombre.

Dejemos que los simplones tomen el camino de la vergüenza.

Ojalá el virus chino subrayara la conciencia de nuestra mortalidad y nos dejara una enseñanza parecida a la que recibió Dostoyevski cuando lo llevaron al paredón de fusilamiento, y en el último instante le perdonaron la vida. “¡Si no muriese! ¡Si me perdonaran la vida! ¡Qué eternidad! ¡Y toda mía! Entonces cada minuto sería para mí como una existencia entera, no perdería uno solo y vigilaría cada instante para no malgastarlo”.

 

Este lunes 8 se acaba la cuarentena. Celebraré tan grande faena de la vida con vino, tequila, con un rabo de toro y dos orejas. ¡Olé!

 

Madrid, España

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa