Expediente

Polombia: pan (demia) y circo

Jamás tantos muertos

rondaron la casa de los vivos,

jamás tantos vivos

rondaron la casa de los muertos.

Nicolás Suescún

 

Quien quiere que el mundo siga siendo como es, no quiere que siga siendo…

Juan Calzadilla

 

Cuando todo empezó, mi país agotó en pocas horas las existencias de papel higiénico, en todos los mercados, plazas, centros comerciales y tiendas; salían de unos y otros con las manos llenas de rollos acolchados y de doble hoja, perfumados y neutros, por cuatro, por seis, por doce rollos; padres e hijos y hasta los perros iban llevando en los hocicos papel higiénico. Señal inequívoca de que frente a la adversidad o pandemia, estábamos cagados de susto y desinformación. Yo los veía en las noticias y recordando la escena donde Chaplin cocina un zapato en su película La quimera del oro, pensaba: y cuando se queden sin comida mis paisanos ¿van a comer papel higiénico? ¿Y si no compran comida, para qué les va a servir el papel higiénico? Para secarse las lágrimas de hambre será.

Cien días han pasado desde que todo comenzó y todavía no sé muy bien qué es “todo”, pues aquí una cosa dice el presidente y la presidente dice otra cosa; amén de que el verdadero gobernante, el auténtico y perenne mandatario, el asesino mayor, el “vaquero venido a más cuando se consagró matarife”[1], dice otra a espaldas de la opinión pública, desde sus cuarteles de invierno, y de la cual no nos enteraremos nunca, aunque un ex presidente aquí, sea más mortal que un Covid-19.

Lo que sí es cierto es que las cosas no han cambiado mucho, pues del papel higiénico dimos un salto histórico enorme, un giro de trescientos sesenta grados (sí, quedamos en las mismas), y nos pasamos a los televisores inteligentes, así de inteligentes somos como nuestros televisores, en mi país, Polombia[2] que nos debatimos entre estar preparados con abundante papel higiénico, para limpiar el excremento de las tripas por detrás, y prestos a consumir en high definition el que nos suministra la televisión por delante.

El comercio de televisores se disparó y reactivó la economía de Polombia, pues en una brillante medida de consuelo para el país, nuestro excelente innombrable de turno, con la bandera al pecho, eximió al digno pueblo, de pagar durante tres días al año el Impuesto por el Valor Agregado (16%), de manera que mi genial prójimo aprovechó la medida y se lanzó de nuevo a las tiendas y supermercados —echando a perder así el esfuerzo del aislamiento y contagiándose entre sí—, para llenar de pantallas LED, plasma y HD, sus hogares. La infalible fórmula de Juvenal: pan y circo, trastocada aquí por la ausencia de pan en circo. Los Polombianos nos conformamos con pandemia y circo, pero eso sí, en alta definición.

Cien días han pasado y en unos cuantos más, imagino a mis paisanos como a Chaplin, fritando televisores y reproductores de video, para poder darle inteligente uso a las existencias de papel higiénico que abarrotan sus despensas.

A contramano, mi dieta consiste en sopa de sangre[3] por televisión. Donde el decoroso ejército de mi Polombia, en cabeza de ocho militares, violó a una niña de doce años de la comunidad indígena embera chamí y en recompensa, al militar que hizo la demanda, lo despidieron de su cargo;[4] mi dieta entonces consiste en ciento cincuenta líderes asesinados desde enero hasta el 27 de junio del presente año. Pero no me quejo pues tengo mi postre que radica en salir a la calle, “que no se puede salir”, dice La Presidente, “que me importa un bledo”, le respondo y salgo a caminar y a respirar aire puro, y a escuchar a los pajaritos y a ver a las muchachas, ¡ay las muchachas!, eso es lo único que a mí me falta, papel higiénico no necesito, pues soy otro artista del hambre, televisores tampoco, internet no tengo, con mi máquina de escribir Smith, me basta, pues hasta el apellido (Corona) le quité, pero hacerme ojitos con las muchachas, eso sí lo extraño… nunca había considerado su importancia para mi vida, la importancia de coquetear por ahí e ilusionarse en el fugaz encuentro de mis ojos con los ojos de las muchachas.

Cien días han pasado desde que llegó y se instaló aquí afuera, como si cualquier cosa. Tal cual el presidente de mi país. Cien días desde que entró por la fuerza, a sangre y fuego como el presidente de mi país. De origen subrepticio y muy investigado, inquirido por semiólogos, políticos, médicos, especialistas, epidemiólogos, literatos, oncólogos, radiólogos, filólogos, tal cual el presidente de mi país.

Cien días han pasado y él no nos deja respirar, nos ahoga, está en todas en ninguna parte. Tiene oídos en todas las esquinas, detrás de cada pared tiene sus garras extendidas de cabo a rabo y cierra ciudades, pueblos, comarcas, veredas, departamentos; incomunicó a unos con otros, y gracias a él duda uno de la propia familia y sus declaraciones soterradas, cuando no a gritos: “cuidado que llegó tarde y puede venir contagiado”, “desinféctese, lávese la manos, cúmplase el decreto, del presidente y la contraindicación de La Presidente”, “cuidado que está tosiendo mucho”, “cuidado que viene de reunirse sospechosamente, con demasiados individuos”.

Cien días han pasado y por donde él pasa y cruza, deja fosas comunes y dolor, como el presidente de mi país.

Cien días han pasado y por su culpa se han cerrado plazas, parques, universidades, colegios, iglesias (será lo único bueno), y el país ha quedado en bancarrota y desierto.

Y aunque no lo digo y no lo nombro, (como al presidente de mi país), y vivo intentando creer que no existe, encerrado en mis libros y en los ajenos, no lo olvido, está presente, (como el presidente de mi país), pero no lo he visto (como al presidente de mi país), pero le tengo miedo (como al presidente de mi país), pero está ahí afuera, terrible, silencioso, mortal e insaciable y si se le antoja me puede matar de un momento a otro, (como el presidente de mi país). Y ha matado a miles, aquí y allá (como el presidente de mi país), y ha llenado innumerables fosas (como el presidente de mi país), y ha enriquecido a los laboratorios propios y extranjeros (como el presidente de mi país). Sale todos los días en la televisión y nos ahoga, con su estúpida retórica (como el presidente de mi país). Está en la cama de los casados y en la de los amantes, susurra los nombres de los que no verán el nuevo día, tiene oídos en todas partes, son tres entidades y un solo dios supremo (como el presidente de mi país).

Cien días han pasado, y quebraron restaurantes, negocios, teatros, bares, cafés, ya no queda mucho, ya no queda gran cosa, yo mismo he visto al país en venta ¿qué más van a acabar aquí? ¿El ánimo, la vida?, eso se acabó hace rato, eso lo perdimos hace tiempo, pues en Polombia se necesitan diez Covid, para igualar en carnicería a un ex presidente.

Cien días han pasado y a riesgo de parecer indolente e irresponsable, confieso que yo he salido todos los días, pues me llegó por WhatsApp el título de periodista durante la pandemia, me doy el lujo de ir por ahí entrevistando y hablando por y con las calles vacías: “Muchachas: ¿extrañan a la gente?”, “Que no”, dicen las calles, que están muy bien así solas, “¿Y ustedes montañas, extrañan a la gente?”, tampoco, son muy felices pues el viento les levanta las faldas. Nadie, ni montañas, ni calles echan de menos a los hombres, que se ven muy feos con sus bozales ajustados. Y yo menos porque como salgo de un lado para otro, firme y feliz sobre mis cortas paticas, veo calles y montañas y mi sueño cumplido: sobreviven los indigentes y sus animales, y las basuras de las cuales se alimentan unos y otros; seguimos produciendo basura, eso es lo bueno, porque así nadie se muere de hambre, este es un pueblo próspero en la muerte, virtuoso en la agonía, qué orgullo es haber nacido en Polombia… yo lo único que en realidad echo de menos son los ojos de las muchachas, pues en las noches no salen, como el ejército no respeta y viola niñas de doce años. Así las cosas uno entiende que las muchachas no salgan a la calle, pero de todas formas qué triste es no verlas e ilusionarme por segundos que me duran años. Aunque para eso, para coquetear, también están las curvas de las montañas y las curvas de las calles.

Las calles sembradas de muertos en el día, las noches sombradas de zombis, los cementerios sin cupo, los hospitales sin camas, las tiendas sin papel higiénico, el campo incomunicado, la desigualdad rampante, el ejército violador, las niñas ultrajadas, el hambre, el hambre aquí es pan de cada día y todo lo demás es circo. Yo lo que echo de menos, es ir por la calle haciéndome ojitos con las muchachas.

 

Bogotá, Colombia

 

 

*Fotografías de Ana María Ruíz

[1] Jorge Zalamea, El sueño de las escalinatas, Bogotá: El Áncora Editores, 1984, p. 32.

[2] https://www.colombia.com/actualidad/nacionales/polombia-nuevo-error-ivan-duque-viral-redes-memes-video-248559

[3] Nicolás Suescún, Este realmente no es el momento, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2009, p. 74.

[4]https://www.eltiempo.com/unidad-investigativa/ejercito-retira-a-sargento-que-dice-haber-denunciado-violacion-a-menor-indigena-513534

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa