Expediente

¿y si se pudiera ganar el tiempo?

honestamente, ignoro ya cuánto tiempo ha pasado. y si lo supiera, ¿resultaría relevante para mí? —lo dudo. y creo que, aun si quisiera, los días, tardes y noches aquí dentro me harían tortuoso y fútil el intento por echar cuenta atrás y derivar de alguna manera el número que indicaría la fecha de hoy.

irrelevante.

como supervivencia u obligación malsana, casi me he acostumbrado a ese otro silencio del que escribí algunas semanas atrás. había que acostumbrarse, pensé —pues sigo creyendo que este nuevo silencio es una figura cautiva del ‘silencio final’—. pero hay algo que sucede dentro de uno (y supongo, afuera, es decir, también en el mundo) parecido a una espera —cuando en realidad es una resignación desnombrada.

también he aprendido a no dormir por las noches sin escribir, solo escuchando (aquí una prueba del desnombre de la resignación), por si acaso volviera. por si acaso lograra unos segundos escucharle de nuevo, un latido, ¡lo que fuera! de ese silencio consorte. ‘el de antes’, sobre el que nunca sentí tan apremiante necesidad de escribir, simplemente no ha vuelto aquel silencio respirable. desde hace un tiempo (ese tiempo ‘incontable-por-desconteo’) seguimos estancados en un silencio que hunde y ahoga. si acaso hubiera vuelto, probablemente estaría sobre mi cama, releyendo por enésima vez la pasión según g.h. de lispector, haciendo pasar el tiempo como si nada hubiera cambiado en él. pero lo cierto es que estoy aquí intentando no hacer cuenta de lo que antes era medible, cuantificable en relación con otras tantas cosas, delicadas, singulares, que parecen ya también han caído; son parte de esa gran pandemia.

intento, a pesar de la irrelevante ignorancia de la fecha y la intrascendencia de la hora, acercame al sentir del tiempo. sí, claro, el tiempo lo trae uno dentro, el tiempo propio, pero es otro.

el tiempo ‘medible’ es el que nos permite enlazarnos con otros, combinar encuentros y convocar aconteceres; y a veces, casi a pesar del tiempo propio, nos habilita a recordar la hora exacta de un último desgranado desencuentro.

sinceramente, yo dejé de interesarme por ese tiempo medible hace varios años, de hecho, intuyo que son bastantes más años de los que yo creo. las razones las he ido encontrando cada tanto, fortaleciendo mi desdén hacia esa medición racional y ‘práctica’, obligada para que el mundo (se)suceda; esto y mi tendencia amorosa hacia la reclusión, han dejado campo abierto para la despreocupación por agendar en mi vida ese tiempo otro, que no el mío.

es realmente apreciable, por decirlo de alguna forma, sin padecer abiertamente de un sesgo de altanería, dejar de sentirse parte de ese tiempo, del tiempo de todos esos otros. pero, cierto, hay que reconocer en esta sensibilidad un eco altanero, que incluso pudiera ser superlativo; despachar el tiempo del mundo como tirar un papel al cesto de basura requiere de una certeza: saber o creer que el tiempo interno es infinitamente más importante. y aun cuando firmemente creo, confieso y afirmo que lo es, resulta que el vuelco que ha dado el mundo desde el cierre del mercado de animales ‘exóticos’ de la ciudad de wuhan a fines de 2019 y las innumerables consecuencias que su des-filtración ha desatado, me ha anudado de tanto miedo, mentiras y des-informaciones, hasta pensar algunas mañanas si es que no queda más sino imaginarse que aún se puede decidir y hacer el intento por sumarse como parte sensible al tiempo no-medido ya, antes de

vivirlo, de conocerlo.

ese impulso sucede, cada vez con más incidencia, cuando comienzo a escuchar el canto de los pájaros que despiertan en la oscuridad, desde el árbol (casi muy cerca) de mi ventana. ‘¿y si hoy lo intento?’.

al inicio de los pensares del día, pronto viene la contrapropuesta con un instintivo son de burla… si bien, recientemente empecé a notar entre sus tonos graves una sensación casi amedrentada con la que pregunta: ‘hacer un intento ¿de qué?’.

realmente, todavía no sé cómo enunciarlo, o describirlo, menos aun, nombrarlo. me ha sucedido apenas unas cuantas veces.

hoy me sucedió.

y es en el deshacer de ese acontecimiento que empecé a escribir casi frenéticamente, buscando una respuesta. intento encontrarla, pero en realidad, no la siento como urgencia sobre mi piel. sucede que recuerdo casi íntegra la respuesta, y su certeza me habló de un tiempo, un tiempo que ya había sucedido. tenía pues mi respuesta tan buscada, perseguida, la tenía, pero a pesar de sí misma, ya no sostiene los intersticios de mi cerebro. como dije al vuelo entre las primeras frases —un intento por ‘sentir el tiempo’.

sentir dentro los móviles que le llevan a hacer emerger su propia energía para decir: ‘¿por qué?’ o ‘¿para qué?’. han sido, siempre y a este respecto, preguntas esenciales en mi vida (esas que ya estarás recordando conmigo). incrédulas, huidizas, ‘salvadas’ y libres, siendo que, antes de enunciar su pertinencia, se ha terminado ya el aliento.

en cambio, parece que solamente existe, o mejor dicho tiene lugar, el ‘espacio de existencia’, para una sola interrogante; la única pregunta realmente propia, apropiable, apropiada –‘¿por qué ahora?’.

la respuesta, o al menos el inicio de la respuesta, o incluso su contexto, se adivinarían hoy día sin mayor empeño. claro, la pandemia. causa y razón. porque sucede que el tiempo fuera se ha desbocado también, tal como a veces me doy cuenta que mi tiempo ha pasado por ahí más de una vez. pero constatar de una semana a la otra que el silencio fuera está tan cargado de vacío, que me permite, por primera vez en la vida (al menos hasta ahora) escuchar de nuevo un tiempo más allá del ‘cronometable’, que no fuera más y solamente el tiempo de mi mente, de mi cuerpo, de mi sola escucha y existencia.

y está sucediendo, pero pareciera que la gran mayoría de la gente no lo ha atisbado; o si lo han hecho, han decidido ignorarlo, pues no saben realmente qué hacer con ‘él’ —con ese ‘tipo’ de tiempo—. no saben si usarlo para limpiar los armarios y desechar todo lo que no se ha usado en años, o para reflexionar sobre las decisiones que han encaminado su vida —he de decir, casi sin sorprender a nadie, que en este enfrentamiento de opciones para ‘ocupar el tiempo’ generalmente ganan los armarios siendo que no ofrecen resistencia, digamos, y como cuerpos sin voz, nada tienen que cuestionar—.

por otro lado, no me deja de maravillar —mañana, tarde y noche— este desconocido silencio que emana de la ciudad y que, de varias significativas maneras parece ir haciendo eco con el mío, cuando por las noches salgo a la terraza para escuchar el escenario estelar.

mi teoría es la siguiente. al estar vaciados del ruido cotidiano (variando el nivel de su reducción según las alcaldías y los barrios) el sujeto ‘común’ o más propiamente nombrable como sujeto singular, comienza a ‘llenarse’ de ese silencio-sordo de su entorno —incluso puede ser al inicio—; como también existirán aquellos que ni siquiera son conscientes de ello durante esa amplia y profunda duración del proceso de ‘infiltración del silencio exterior en sus cuerpos’.

entonces, mi teoría sostiene que conforme el cuerpo va respirando y escuchando este silencio-sordo del exterior, algo dentro de sí cambia, se mueve, quizá se destapa o se abre, no lo sé, pero algo en él ha virado —muy posiblemente sin posibilidad de regreso a su anterior ‘normalidad cotidiana’, al menos no del todo—. así pues, inmerso por dentro en ese silencio ‘de fuera’, es cuando sucede lo impensable. se produce dentro de sí un eco que, por simpatía —como lo hacen las células de un explosivo, por ejemplo— recibe y replica. consiguiendo, incluso sin necesidad de participar activamente, que el silencio ajeno —que ciertamente no conocía sino hasta ahora— encuentra entre sí huecos, espejos, cavernas dentro del cuerpo, desde las cuales habrá de replicar ya sin remedio, pues físicamente sabemos que lo hará, irremediablemente, por simpatía. es así, poco a poco —pero sin tregua— como el silencio exterior incide en delicada y decidida penetración y al interior, cavando el espacio y densidad de su guarida de pensamiento e (in)sensibilidad.

pero habrá, también, quienes despierten un día al otro con figuras, rastros, vibraciones de sutiempo interior’. y plantados en ello poder reflexionar; cuestionar; dudar; encontrar respuestas y lanzar preguntas frescas; para reposicionar sus propias creencias y saberes; para encontrar, o al menos, empezar a buscar los motivos; para rescatar lo que el presente necesita del pasado para mantenerse en pie queriendo advertir un futuro, incierto sí, pero que al menos sabe o intuye lo que habrá de enfrentar.

y pasaremos las entrevelas buscándonos en/desde/para/por ese silencio interno que aún resguardamos, lo que nos habrá de ayudar a resistir lo que venga, sea cómo y cuando llegue, y en la forma que venga.

y es que he estado meditando sobre lo positivo que podemos derivar de nuestro presente-pandémico, y me he dado cuenta de que una, quizá la más importante, sea esta. derivar en el silencio (generado hoy día por prohibiciones, pánico, desinformación y muerte) la gestación y la atención de un cuerpo que, habiendo aprendido a escuchar(se)lo, contiene dentro —espero, irremediablemente— el espacio/tiempo del silencio interior.

entendiendo —comprehendiendo—, cada vez un poco más la cadencia de la densidad, la ligera consistencia, el insospechado poder que anida en su interior ese tiempo ‘ex/interno’ que dentro se nos ha ya replicado y ‘escondido’ como una voz muda hasta que el ‘siguiente presente’ lo reclame. de tal suerte que, cuando esto suceda, sepamos verdaderamente cómo y por qué darle voz a la palabra.

 

cdmx, mayo, 2020