Blog de la Caravana

Extemporizar: la improvisación en los territorios de la ñ

Siempre se comienza por el medio; cualquier acción no es sino una tentativa. Siguiendo estas máximas de la improvisación, parto con una reflexión parcial, siguiendo el ritmo propio de la escritura, sin otra pretensión que la de elaborar una invitación –o, mejor dicho, una llamada, para usar una noción central en la música negra– a atender y ensamblarse con las actividades que comenzamos a desarrollar en el área de Estudios de la improvisación del Instituto.

 

Afirmar que la vida, la subjetividad y lo social tienen un carácter improvisatorio quizás es decir demasiado –signo del exceso que recorre toda improvisación, como ansiedad por encontrar el momento adecuado para entrar o salir del silencio, y como resto, en cuanto práctica incómoda para el canon occidental–. No obstante, esta afirmación excesiva indica algo importante: el carácter procesual, relacional, plástico y no totalizable, tanto de la experiencia cotidiana, como de lo social y en general de todo lo viviente. Sin serlo todo, la improvisación designa un potencial capaz de contagiar cualquier actividad. Quizás se trata de un gradiente de movilidad y flexibilidad, una manera de proceder, que interviene sobre la tradición (o la memoria), multiplicando los posibles y actuando como catalizador de mutaciones y revoluciones internas a un sistema particular. Nombra también un tipo específico de práctica, necesariamente encarnada, que implica cierta interrupción del continuum del tiempo para permitir la emergencia de algo otro –más que nuevo, insospechado, porque implica una reelaboración del pasado y lo heredado–. Es justamente en ese sentido que para Derrida se trata de una práctica imposible –pero a cuya defensa él aún así se comprometía, tal como lo expuso en una entrevista realizada en 1982–: imposible en tanto supone el funcionamiento de una trama pre-escrita –voces que hablan en el lugar de–, lo cual pone en tela de juicio la declarada búsqueda de l_s improvisador_s por producir algo nuevo.

Improvisar es extemporizar: hacer que el tiempo se tuerza sobre sí, saliéndose de quicio pero, paradójicamente, permitiéndonos situarnos de manera más decidida en el presente –un presente expandido, diferido–. “El tiempo no es sólo el ahora, sino también el antes y el después”, afirma el improvisador David Toop en su libro En el maelström. Música, improvisación y el sueño de libertad antes de 1970. De alguna manera, la extemporización está vinculada con aquel salto de tigre con el que Benjamin –aquel filósofo con buen oído para la improvisación– describía el modo de actuar tanto de la moda como de la revolución y la mirada dialéctica, comprendida como cuidado para con el pasado. Para ponerlo en términos de Deleuze y Guattari –pensadores fieles al ethos colaborativo propio de l_s improvisador_s–, se trataría de una práctica que permitiría una salida del tiempo de los relojes, cronos, para hacer que irrumpa kairós: el tiempo del acontecimiento, el tiempo del actuar oportuno. (¿El tiempo im-pre-visto o siempre huidizo a la mirada anticipadora?)

Es precisamente debido a esta capacidad que la improvisación tiene de crear líneas de fuga y de motivar o acompañar procesos de crisis/crítica (artísticos, estéticos, políticos, subjetivos), que el Instituto ha creado un área dedicada al estudio, difusión y promoción de las prácticas improvisatorias. Nos proponemos generar un espacio heterogéneo de encuentro entre artistas, pensador_s, gestor_s, creador_s y personas entusiastas de este amplio conjunto de prácticas. Nos interesa tanto cartografiar y reflexionar sobre las prácticas improvisatorias en nuestros territorios –los cuales hemos decidido marcar con aquella letra singular, incómoda, que es la ñ–, en tanto una práctica con una fuerte carga (infra)política, como el situarnos desde la improvisación para interpelar –y escuchar, como si de un jam se tratara– otras disciplinas. Así como en el campo de la música la improvisación es un elemento transversal a las tradiciones de pueblos sumamente disímiles, distribuidos a grandes distancias tanto geográficas como temporales –pensemos en el bebop, el canto cardenche, Bach, el freestyle rap, Pauline Oliveros, el noise punk, el gamelán, etc.–, resulta estratégica en tanto noción y práctica para motivar conversaciones entre las distintas artes e incluso allende éstas. Efectivamente, la improvisación es un lente útil desde el cual interrogar la adaptabilidad humana frente a entornos cambiantes, así como para pensar nuestra agencia colectiva para alterar el campo de lo social y la posibilidad de construir comunidades en donde la diferencia no sea totalizada de manera dialéctica. Es, además, una de las expresiones más claras de la espontaneidad, creatividad y libertad humanas, poseyendo así no sólo una dimensión (infra)política, sino potenciales terapéuticos –del que varias tradiciones de teatro improvisado han sabido sacar provecho–. Así, si bien no es sinónimo de la vida, sí nombra un impulso que es fundamental en ésta.

La creación de un área de estudios dedicada a la improvisación responde también a la preocupación de 17 por lo residual con respecto al saber. Aunque es cierto que actualmente el campo comienza a gozar de cierta validación al interior de la academia –manifiesto en la publicación de Handbooks y Readers centrados en los critical studies of improvisation–, la impro no deja de nombrar una serie de prácticas extrañas, de difícil manejo por parte de las instituciones artísticas y la academia. Frente a una tradición que ha sospechado del cuerpo, ha concebido al arte desde la figura del genio solitario y ha asumido al texto como espacio del saber, la improvisación, en tanto práctica encarnada, procesual, colaborativa, efímera y creadora, ha sido siempre vista con desconfianza. No es casual que la historia de la improvisación esté vinculada con la historia de poblaciones oprimidas, como las poblaciones negras en todas las Américas o las comunidades gitanas en Europa. Acto de resistencia, la improvisación históricamente ha sido una práctica de supervivencia. Como lo sostienen Fischlin, Heble y Lipsitz en su libro The Fierce Urgency of Now, se trata de crear algo a partir de nada, leyendo las posibilidades ocultas en la adversidad, manteniéndonos flexibles y esperanzad_s frente a panoramas cambiantes. Parafraseando a Monsiváis, quizás se trataría de una manera de ritualizar el caos con el que cotidianamente convivimos en México (si no es que en todos los territorios de la ñ), y en el que él reconocía cierto potencial emancipatorio. Es en ese sentido, que la improvisación se revela como una práctica decididamente imaginante, útil para buscar salidas al impasse del presente, e igualmente llena de potencia para la movilización de la libido y la re-erotización de nuestro mundo. Bajo su forma de libre improvisación, más que presentarnos metáforas de lo político opera como un laboratorio social, en donde la diferencia se afirma en tanto diferencia. Espacio de experimentación de relaciones sociales, la improvisación libre es, como John Zorn lo subraya en el documental de Derek Bailey On the Edge, capaz de magnificar las relaciones de poder, pero también posibilita, a pequeña escala y de manera efímera, practicar formas de relacionarnos nominalmente no jerárquicas, basadas en los principios de escucha mutua, riesgo y co-creación. En palabras de Toop, se trata de una “dinámica potencialmente transformadora”, en la que “la escucha genera escucha”, es decir, la captación de lo singular del presente en cada ocasión.

A pesar de su imposibilidad, la impro ocurre decididamente en los territorios de la ñ; siendo la práctica más antigua dentro de la música, ha sido catalizadora continua de varias de las mayores vanguardias. Práctica paradójica, en la que estados inconscientes de trance conviven con momentos de la más aguzada conciencia, se antoja como una práctica capaz de producir inéditas alianzas críticas: polifonías que no necesitan de un centro tonal que las ordene. Parafraseando a Sun Ra: frente al agotamiento de lo posible, quizás convenga apostarle a lo imposible, esa posibilidad oculta siempre latente en la vida misma…