10/01/2026 | Por: Benjamín Mayer Foulkes. Fundador y director de 17, Instituto de Estudios Críticos, Ciudad de México
La dimensión que nos preocupa no es la de los objetos.
La dimensión que nos ocupa está más allá de los objetos.
La dimensión que se nos escapa
no es la de los objetos.
Eduardo Kingman Garcés
Qué dicha que podamos reunirnos precisamente en día de Kings para celebrar la primera circulación del volumen de Eduardo Kingman Garcés, Poesía reunida (1984–2022). Lo hacemos con muchísimo orgullo y entusiasmo, mientras acompañamos el alumbramiento público definitivo como poeta del connotado académico ecuatoriano (Premio Eugenio Espejo, 2025) y atestiguamos su transmutación visible de investigador en investigador-creador.
Reunir un inmenso cuerpo de poesía, escrito a lo largo de casi cuatro décadas, no es cualquier gesto ni cualquier operación. Quizá, como dice hermosamente Conrado Tostado, admirable editor literario de este tomo de más de 600 páginas (son seis libros en un único volumen, digno de una biblioteca como ésta), al ir adelante con este emprendimiento inmenso:
Kingman ha dejado atrás la gracia para dar gracias —en ese plural estaría la decisión, la determinación del libro. Salir de la gracia de la libreta para dar las gracias —a los demás.
¿Cómo comenzó esta travesía, sostenida por 17, Editorial a lo largo de cuatro años, con Rodrigo Fernández de Gortari y Salomé Esper a la cabeza, y Leonardo Vázquez como diseñador? En el origen estuvo el entusiasmo de Beatriz Miranda Galarza, antigua estudiante del Kingman antropólogo. Sorprendida, ella conoció en 2021 La belleza del mundo, volumen de poesía y gráfica de Eduardo Kingman Garcés, venturosamente publicado en 2020 por Romina Muñoz y Jorge Salvador Izquierdo, a través de Festina Lente. Qué acierto tuvieron al circular el trabajo del poeta, hasta entonces prácticamente desconocido: vaya todo mi reconocimiento a ellos.
Por mi parte –no casualmente, como se entenderá– resoné de inmediato con poética de Kingman. Y también me intrigó desde el inicio el desbordamiento poético y artístico del reconocido investigador –el efecto Dr. Jekyll y Mr. Hyde, su doble vida académica y artística–, algo de natural interés en el entorno posuniversitario de 17, Instituto, en la medida en que aquí nos esmeramos en atender lo residual que el discurso de la universidad insiste en dejar afuera de las transacciones del saber — al sujeto, por ejemplo, cuyas huellas tan robustamente retornan por vía de la poesía y la gráfica.
Zarpamos, entonces, con nuestro entusiasmo y nuestra candidez como única garantía para enfrentar lo que vendría. Pronto se hizo patente que nuestro volumen habría de ser parido no una, sino dos veces: la primera como manuscrito y la segunda como materialización editorial. En correos de 2021 me encuentro con vestigios que vale la pena recuperar aquí. Eduardo se refiere, por ejemplo, a nuestro equipo como la “santa alianza para rescatar a un poeta perdido entre los cientistas sociales”. Al entregarnos su enorme cúmulo de poemas, nos advierte:
¿Por qué tanta mezcla y desorden? La razón es simple: son poemas escritos en distintas épocas, en cuadernos y libretas, contraportadas de libros, hojas sueltas. No tienen fecha. Los he ido transcribiendo en los cuatro últimos años y trabajándolos conforme iban llegando. Todavía no termino la tarea. Por lo que veo, no hay un orden cronológico, a lo mejor ni siquiera hay un orden temático, sino un orden secreto. Muchos poemas se ubican claramente en la infancia; otros son formas del tedio y la necesidad de salir de él. Hay poemas relacionados con el dolor del mundo y algunos relacionados con un nuevo tipo de ontología y, a lo mejor, con el zen…
En seguida, nos convoca:
Creo que el libro se vería enriquecido con sus aportes. Podría ser interesante construir un diálogo en torno al tema de la memoria… la memoria de los humanos, pero también de los no humanos y la memoria de las cosas, por ejemplo. Se trataría de reflexiones breves, sin perder de vista que se trata, ante todo, de un libro de poesía.
Entre sus anotaciones, destaca su propia comprensión de su trabajo:
Una relación casi etnográfica con lo cotidiano (¿se podría hablar de etnografías poéticas?).
Una percepción al mismo tiempo optimista y fatalista del mundo y, en algunas partes, un sentido de la ironía.
Todo esto como parte de un intento de entender el mundo y deslumbrarse con él. Aun cuando muchas de mis percepciones tocan problemas ontológicos, están dichas en el lenguaje del común de la gente, y están relacionadas con la oralidad y la música.
Hay, además, un trabajo de la memoria, relacionado con la memoria pero basado, además, en algunas partes, en el archivo, y un trabajo relacionado con el sueño y la ensoñación.
Para hacer camino con el vasto ordenamiento poético pendiente, convoqué entonces a mi querido Conrado Tostado (poeta, curador, editor y traductor de poesía, camarada de mil batallas), a quien Eduardo a la postre escribe:
Estoy de acuerdo en que hay que poner un orden y que hay un entramado que une unos poemas con otros (pero también con dibujos, fragmentos de ensayos… no vamos a entrar a eso). Ahora es un orden tuyo, no mío… tú has descubierto su música interior, sus resonancias, su silencio.
Por su parte, Conrado se compromete definitivamente con el proyecto:
Estos días y noches, desde tu último correo del 6 de mayo, querido Eduardo, los he pasado releyendo tu hermoso libro. Lo he disfrutado mucho. Por lo menos lo releí siete veces, completo, poema por poema, con detenimiento (además de innumerables relecturas y repasos generales), siempre con una impresión distinta (cada vez más clara y cercana). En este lapso imaginé distintos ordenamientos, muchos, como en un caleidoscopio.
Considerando el modo, la intención, el tono y el contenido, el editor a cargo decidió sugerir una estructura aristotélica, en cinco secciones:
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- Evocaciones
- Contemplaciones
- Retratos
- Postales
- Pensamientos
Finalmente, las secciones –esto es, los libros– resultaron seis. Y eventualmente optamos por dejar solo los poemas, de modo que queda pendiente el libro de arte con la gráfica de Kingman, para poder integrar de manera definitiva el trípode que secretamente lo ha sostenido a lo largo de tantos años: academia, poesía, plástica.
No estamos aquí para ensayar una lectura crítica sustantiva del volumen. Además, sería, pretencioso plantearla en un momento en que recién le damos la bienvenida y reconocemos la promesa que entrañan sus vastas constelaciones. Sin embargo, desde ahora contamos con algunos ejes de lectura.
El primero atañe a los vasos comunicantes entre su persona, su quehacer académico y su poesía. En la historia de nuestro proyecto, este primer eje está asociado con la intervención de Beatriz Miranda Galarza, impulso del proyecto en el marco de la serie Habitaciones (consagrada a relatos del yo entre autores consolidados, o no), y las reflexiones sobre las intersecciones entre el Kingman antropólogo y el Kingman poeta vertidas en el volumen por Francisca Márquez, colega chilena de nuestro autor. El segundo atañe a la esfera poética como tal, y a las contribuciones al volumen sostenidas por el citado Conrado Tostado, el veterano poeta e investigador ecuatoriano Iván Carvajal, y el poeta y crítico uruguayo-mexicano Eduardo Milán.
Enseguida, un poco de las lecturas propuestas por cada uno de ellos.
Francisca Márquez:
La complejidad e irreverencia del trabajo del historiador y antropólogo tiene hilos de continuidad con su poesía. En efecto, la ciudad barroca aparece como una radiografía en el lenguaje poético, con sus metáforas, imágenes, objetos, recuerdos y amores. Como antropólogo poético indaga en los lenguajes de la arquitectura, de la traza, de las imágenes, de la memoria, de la historia y de la cultura urbana, introduciéndonos en una compleja conversación entre la mirada interior y la histórica. Lenguajes que, como se advierte en su primer libro de poesía, aparecen, dialogan, se asientan, se abandonan y se pierden en su rumbo. Y no podría ser de otra forma, porque el poeta sospecha de la “palabra pulida”, de la “frase asertiva y única”, o de la mirada lineal.
Conrado Tostado:
A lo largo de décadas —desde siempre—, Kingman llenó libretas y libretas con vistas de sus viajes; o con sátiras, sarcasmos muchas veces epigramáticos, desahogos del tedio a lo largo de soporíferas, interminables conferencias y juntas de trabajo; o en ratos de un ocio abstraído, fecundo, lápiz en mano, durante sus investigaciones en archivos y museos; o en esos raptos contemplativos que sobrevienen de manera involuntaria en la banca de un jardín, ante la fronda de un árbol, un amanecer, un insecto o una idea; o arrastrado por el torrente de imágenes mentales provocado por un recuerdo súbito… Embelesos —en un concierto, ante un cuadro, o la danza de una muchacha— donde el sentido se suspende —o en los que todo adquiere sentido. Eduardo Kingman Garcés da cuenta de todo eso. Todo, potencialmente, puede ir a dar a sus libretas —lo que quiere decir que todo puede ser leído por el reverso del tapiz.
A lo largo de muchas décadas, Kingman fue, paradójicamente, un autor de libretas. Su poesía y su dibujo crecieron a la luz de lo íntimo, lo inacabado, lo que se resiste a la construcción. Y eso no solo le dio una extraordinaria y gozosa libertad, sino un punto de vista —justamente, el del reverso del tapiz.
(…)
El lector puede ver, entonces, el salto de Kingman entre esos mundos antagónicos, contradictorios, de sus libretas —necesariamente discontinuas— y su Poesía reunida. Este volumen recoge una parte —extensa— de esa materia irreductible de sus libretas. Los poemas dejaron su caos original, su asociación simbiótica con los dibujos; su lugar dentro de cierta secuencia —paradójicamente inconexa— de instantes únicos; su lugar en la página, el tamaño de su letra, la calidad del trazo, la huella circunstancial que enriquece el sentido, para pasar por las reglas del diagramador y cerrar filas, en formación, en las páginas de este libro.
Más que un trasvase, se trata de una trasmutación. ¿Cómo y por qué se relacionan ahora unos con otros —escritos, tal vez, años después—? ¿Hablan de otra cosa? ¿Pero cuál era, entonces, esta cosa? ¿De qué estábamos hablando? ¿Debemos ser fieles a la libreta… o al sentido que se gesta en el libro… en su plasticidad —en su plasma, a la manera en que nace una supernova? ¿Qué, de aquel mundo enmarañado, silvestre, de la libreta, debe quedar en el jardín del libro? ¿Qué hierba adherente, espinosa, amarga, debe seguir allí, pese a todo? ¿Hasta dónde separar al poema de su instante? Ya el salto del instante, de la experiencia, a la libreta fue abrupto… ¿y ahora? ¿Trasmutar es traicionar?
Iván Carvajal:
Cada poema de Kingman es la captación de una epifanía que proviene de las múltiples facetas de la vida cotidiana. Las capta con su sensibilidad para la luz, los colores, las formas. Al verter la epifanía en el poema, logra sostener a los seres en la imagen y arrancarlos así del flujo del tiempo, pues la imagen recrea el instante. La poesía de Kingman es por ello una afirmación de la vida, una insistencia en la búsqueda de belleza en el mundo pese a las catástrofes, pese a los poderes aniquiladores, pese al inexorable paso del tiempo y la finitud de la existencia. De ahí proviene esta preocupación de Kingman, que podríamos llamar religiosa en un sentido profundo: su amor por las pequeñas cosas, las piedras, los objetos destinados a desaparecer, como los botones, las viejas fotografías de la época escolar; por sobre todo, el recuerdo de la madre. En concordancia con ello, el libro se configura como el espacio de la memoria, incluso en un ámbito hogareño. Junto a su concisión, este sentido religioso, de amistad cósmica, es una característica singular de Eduardo Kingman dentro de la poesía ecuatoriana contemporánea.
Eduardo Milán:
Eduardo Kingman Garcés es un maestro del tiempo. Eso es ya decir mucho. Pero su sentido casi escapa de toda significación. En la escritura poética actual, la pugna parece estar entre la escritura misma y el mundo objetual. El devenir escritura de la escritura parece una doble articulación proveniente de Europa. Y el mundo objetual parece estrictamente controlado por la escritura norteamericana. (…) Sin más opción que elegir entre ambas posibilidades, parecería que escribir “en latinoamericano” es un lugar que no hay. (…) Eduardo Kingman Garcés es un maestro del tiempo porque tiempo es lo que no hay en la escritura poética de estas tierras. O había y yo no lo veía. Y hoy aparece en Eduardo Kingman Garcés.
Mucho más cercano a la vida que a la temporalidad de la fábula, Eduardo Kingman Garcés construye un tiempo-cosas vividas que nos conmueve como pocas experiencias poéticas que yo haya leído últimamente. Esa construcción se llama cercanía de las cosas o cosas-tiempo vivificadas. Se trata de habitar el tiempo como una casa o como una palabra —casi-tiempo porque es una palabra templada.
En su enorme heterogeneidad, la poesía de Kingman —historiador y antropólogo— parece ser una poesía menos de la historia que de la historicidad, y menos de la cultura que de la culturalidad. Me refiero a esos puntos paradójicos que movilizan la historia y la cultura, pero que a su vez no solo no quedan sometidos a ellas, sino que las desbordan. De ahí el recurso a la poesía por parte del propio Eduardo Milán, cuando se esfuerza en enunciar la temporalidad que está en el centro de atención de Kingman. Si la poesía es el alfa y el omega de la discursividad, ¿cómo no va a serlo también de la historia y la antropología?
¿Y por qué podría importar todo esto en tiempos tan atribulados como los nuestros? Tales puntos de fuga, la historicidad y la culturalidad nos proveen de un afuera desde donde es posible reabrir sendas para el pensamiento y la acción. Eduardo Kingman Garcés nos entrega mil claros en todas direcciones, a partir de los cuales podemos sostener toda clase de pasajes.
Desde hace 25 años, 17, Instituto de Estudios Críticos ha puesto en práctica la movilización de un lazo social cuyo punto de partida es precisamente la capacidad interpelativa de cuasitrascendentales como éstos. Publicar esta reunión de la obra poética de Kingman bajo el sello de 17, Editorial llanamente ensancha nuestra morada hacia un proyecto poético consonante con nuestra propia praxis. Quizás por eso el propio Eduardo ha visto, en la posibilidad de publicar con nosotros, una apertura como las que él mismo habilita, no solo para su propio trabajo, sino para el de otros, dentro y fuera del Ecuador, quienes —como él, como todos— requieren de otras vías para dar consistencia a sus proyectos. Para eso, precisamente, estamos en 17.
Gracias, querido Eduardo, por tu enorme trabajo y tu confianza. Gracias a todas y todos los colegas que han contribuido a la gestación y el recibimiento de este libro de libros, cuya concreción celebramos con júbilo.