Blog de la Caravana

Hablar hoy, aquí, acerca de Venezuela

El presente texto fue leído el 8 de enero de 2026 durante la mesa redonda “Contra el intervencionismo voraz: Humanismo y Solidaridad de los Pueblos. Caso Venezuela”, organizada por el Centro Nacional de Derechos Humanos “Rosario Ibarra de Piedra”, de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en la Ciudad de México. 

 

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí
Augusto Monterroso

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Cuando amablemente mi colega Guillermo Pereyra me invitó a participar en esta mesa redonda, acepté de inmediato. Sin embargo, al cabo de pocas horas comencé a sentir una angustia profunda. ¿Cómo hablar acerca de Venezuela? ¿Cómo hacerlo hoy, aquí? ¿Qué decir, siendo que no tengo el saber filosófico, histórico o político que la ocasión amerita? Quizá, como ha propuesto Cristina Rivera Garza respecto de las incongruencias, inequidades y brutalidades del poder en el México de Calderón, o como dijera Diamela Eltit décadas atrás a propósito del Chile de la dictadura, solo puedo hablar hoy aquí y acerca de Venezuela desde mi más íntima experiencia del dolor —un dolor acumulado durante más de 20 años de vejaciones, persecuciones, encarcelamientos, torturas, insultos, segregación, ruina, desigualdad y estrangulamiento económico, que la atrocidad de la reciente intervención militar de Donald Trump, del pasado 3 de enero de 2026, en Venezuela, así como el jolgorio irracional y hasta vergonzoso de una parte considerable de mis compatriotas, no ha hecho más que intensificar. Y es como si, de pronto, todo ese dolor pasara por la certeza de que Venezuela vive ahora un eslabón más en su caída ininterrumpida hacia la autodestrucción. Ella es, pues, el resultado monstruoso de una serie demasiado larga de derechos mancillados, transgredidos y suspendidos; de expectativas defraudadas; de decisiones políticas distópicas; de un estado de excepción eterno; de explotación laboral; de empobrecimiento extremo, hambre y comercio migratorio, que responde a todo un despliegue de fuerzas voraces, nacionales e internacionales, ejercidas sobre el cuerpo social venezolano, tan irritado como enceguecido de furia, intoxicado y saturado —inclementemente dividido y sometido desde hace más de 20 años—. Porque hace mucho que en Venezuela lo que priva es la lógica del amigo y el enemigo político, con la subsecuente máquina de guerra que esa lógica supone; y ello impone como única respuesta la urgencia de sobrevivir —también del lado de quienes hoy son poderosos, que buscan a toda costa tener, y/o hacerse con, el poder precisamente para continuar con vida.

Por supuesto, no puedo compartir entre nosotros hoy aquí el regocijo que siente esa parte numerosa de venezolanos y venezolanas; aunque no negaré que me produjo cierta satisfacción ver a Maduro y a Cilia esposados y tratados como los criminales que son. Por otra parte, respeto —aun cuando no sin dificultad— el deseo de esa enorme mayoría que identifica en lo sucedido la esperada grieta desde la cual acceder a un futuro distinto para ese país. No obstante, como en otros momentos de una historia ya demasiado larga, me espanta la sensación de lo irremediable. Porque lo que está en juego en este nuevo episodio de la novela nacional macabra que ha involucrado a la totalidad del planeta es un serio e irresoluble enfrentamiento entre dos fuerzas en pugna, que encarnan una diferencia fundamental acerca del destino de la nación —y que están resteadas en la lucha.

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Curiosamente, y sin que se comprenda del todo lo que eso significa, el enfrentamiento en Venezuela entre un múltiple sintetizado en dos —es decir, toda una colectividad heterogénea reducida al dos (bandos) de la polarización entre oficialistas y opositores como máquina de guerra y forma de gobierno— involucra, en efecto, problemas de raza y de clase. Pero los trasciende —o los contiene, si se quiere— bajo el manto, para nada irrelevante, de las fantasías que cada grupo atesora como su más preciado bien. Para algunos venezolanos —y ello posiblemente explique la tendencia de Venezuela a convertirse en un “caso”, es decir, a representar lo indecidible— lo que está en juego, independientemente del petróleo, el agua, los preciosos y codiciados recursos minerales de la Amazonía en un mundo que agoniza, de los nuevos reordenamientos geopolíticos del presente y de los peligros que amenazan al mundo con el resurgimiento de los fascismos de diversa índole, son la “Libertad” (de elegir) y la “Justicia” (por venir). Para otros, acorralados, se trata de su subsistencia. Y ello involucra la firme (in)consciencia de unos y de otros respecto de la confrontación nefasta que pulsa en el funcionamiento mismo del chavismo desde su emergencia en la escena política nacional: una confrontación que inicialmente dirimió sus alternativas de gobierno en contra del modelo neoliberal y desarrollista de Carlos Andrés Pérez, que regía el ideario de la nación en la así llamada IV República, y a favor del neopopulismo nacionalista de la izquierda moderada que reunió a numerosos países latinoamericanos en esa suerte de nuevo panamericanismo que fue la “Marea rosa”. Algo permanece de aquella tensión estructural, por supuesto distorsionada por las bizarras prácticas de gobierno y las delirantes arremetidas de la oposición: lo real de dos deseos irreconciliables. Para algunos, moradores de la esperanza, el capitalismo más salvaje representa el Bien absoluto, como única y verdadera garantía de la democracia; para otros, a estas alturas más cínicos y literales —habrá que admitir que con Chávez se murió el discurso: los fundamentos del proceso, sus fábulas tentadoras y sus argumentos pertinentes—, se trata de sostener una alianza entre el dinero y las armas que permita otro tipo de repartición de las riquezas —puede que hasta legítima—.

Lo demás sería especular alrededor de algunos detalles, como quien debe acercarse mucho a la imagen para poder reconocer en ella cuando menos algún trazo de sentido: 1) una peligrosa división interna en las filas del chavismo —gobiernan ahora los hermanos Rodríguez, junto a Diosdado Cabello y Padrino López, a las órdenes de Trump, el mafioso mayor de la “Humanidad” en el presente—; 2) la captura/humillación del antihéroe nacional Maduro como ofrenda del “Tanos” contemporáneo y como extraído de una película de Marvel, de semblante obscenamente ridículo y puño de acero, Trump, a su séquito de admiradores —“pan y circo para los reaccionarios del mundo”—; 3) la demostración de una fuerza excesiva y excedida, capaz de apropiarse de lo que quiere —y a toda costa—.

Estos detalles podrían componerse y recomponerse en una ficción distinta cada vez; pero ninguna de ellas podría desconocer que algo del orden de lo pesadillesco sitúa el episodio reciente del bombardeo a Venezuela en una serie de sucesivas catástrofes que se han ido produciendo desde uno y otro extremo de la confrontación a través de los años —como encerrados todos, los de dentro y los de fuera del país, en un loop siniestro: “amanecerá y seguiremos viendo (lo que siempre ha estado allí)”.

Porque sigue siendo urgente, pensar la destinación de las humanidades hoy

Palabras pronunciadas en ocasión de la primera actividad realizada conjuntamente por el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y 17, Instituto de Estudios Críticos, el 28 de noviembre de 2025, en el marco de su nueva alianza de cooperación e intercambio.

 

Esta universidad sin condición no existe, de hecho, como demasiado bien sabemos. Pero, en principio y de acuerdo con su vocación declarada, en virtud de su esencia profesada, ésta debería seguir siendo un último lugar de resistencia crítica —y más que crítica— frente a todos los poderes de apropiación dogmáticos e injustos.
Jacques Derrida. La universidad sin condición

Cuando Gabriela Méndez Cota y yo comenzamos a diseñar el seminario permanente en torno a “La destinación de las Humanidades en la época actual”, que se inaugura hoy aquí con la participación de Omar Espinosa Cisneros, filósofo y escritor, primero de una serie de invitados nacionales e internacionales de reconocida trayectoria y proposiciones potentes, compartíamos una honda inquietud: cierto malestar significativo respecto del impasse —la parálisis, el agotamiento, la mortífera incapacidad de responder a la oscuridad de lo contemporáneo a la que se refiriera, en efecto, Giorgio Agamben, pero también el asedio, el secuestro y la precarización del trabajo intelectual— confrontado por las Humanidades en el marco de la crisis que las atraviesa en una universidad de la cual, en mayor o menor medida, somos también responsables. Y es que las Humanidades se enfrentan hoy, de nuevo, a una crisis. Distinta, ciertamente, a la que supuso su necesaria apertura al afuera-mundo que excedía los dominios de su profesión en los años setenta del siglo pasado; y distinta también a la que tanto Willy Thayer como raúl rodríguez freire describieron en los albores del nuevo milenio, a propósito de su captura por las lógicas hiperproductivistas del neoliberalismo transmutado en administración de recursos. No por ello, sin embargo, esa crisis distinta es menos urgente. Antes bien: tocaría considerar aún, en qué medida se actualizan en ella las sucesivas crisis de su inadecuación como institución moderna a los cambios epocales que padecemos ahora. 

Interrogar hoy la crisis de las Humanidades es, en efecto, la otra cara de la pregunta que inaugura este espacio de diálogo interinstitucional y transdisciplinario, entre el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana y 17, Instituto de Estudios Críticos, en torno a su destinación —es decir, su razón de ser y su porvenir. Porque, como bien señaló Jacques Derrida en una conferencia lejana en el tiempo acerca de las Humanidades, resulta imperioso pensar sus saberes, en gran medida ya desconstruidos por las diversas disciplinas que hacen a su tradición en las últimas décadas del siglo XX, así como también las prácticas de lectura y escritura que sirven a sus maneras de intervenir tanto en el campo de las elaboraciones simbólicas, como en lo social. Y ello significa pensar, sobre todo, cómo nos posicionamos frente a la “incondicionalidad” manifiesta de tales saberes y prácticas. Afirma Derrida:

Antes incluso de comenzar a internarme efectivamente en un itinerario tortuoso, he aquí sin rodeos y a grandes rasgos la tesis que les someto a discusión. Ésta se distribuirá en una serie de proposiciones. No se tratará tanto de una tesis, en verdad, ni siquiera de una hipótesis, cuanto de un compromiso declarativo, de una llamada en forma de profesión de fe: fe en la universidad y, dentro de ella, fe en las Humanidades del mañana

Para el filósofo judeo-franco-argelino, la universidad debe defender ante todo su facultad de decir “sin condición”, puesto que en ella reside la posibilidad de resistencia crítica que puede oponer a los poderes del mundo: 

Consecuencia de esta tesis: al ser incondicional, semejante resistencia podría oponer la universidad a un gran número de poderes: a los poderes estatales (y, por consiguiente, a los poderes políticos del Estado-nación así corno a su fantasma de soberanía indivisible: por lo que la universidad sería de antemano no sólo cosmopolítica, sino universal, extendiéndose de esa forma más allá de la ciudadanía mundial y del Estado-nación en general), a los poderes económicos (a las concentraciones de capitales nacionales e internacionales), a los poderes mediáticos, ideológicos, religiosos y culturales, etc., en suma, a todos los poderes que limitan la democracia por venir.

La universidad debería, por lo tanto, ser también el lugar en el que nada está a resguardo de ser cuestionado, ni siquiera la figura actual y determinada de la democracia; ni siquiera tampoco la idea tradicional de crítica, como crítica teórica, ni siquiera la autoridad de la forma «cuestión»), del pensamiento como «cuestionamiento»). Por eso, he hablado sin demora y sin tapujos de deconstrucción. He aquí lo que podríamos, por apelar a ella, llamar la universidad sin condición: el derecho primordial a decirlo todo, aunque sea como ficción y experimentación del saber, y el derecho a decirlo públicamente, a publicarlo.

Más de dos décadas después, y en un momento en que colapsa cualquier ficción de autonomía entre el nosotros precario que todavía somos, la declaración de fe establecida por Derrida en nombre de la incondicionalidad de la universidad no deja de pulsar en el seminario permanente que nos reúne. Por una parte, nos interesa escuchar lo que algunos teóricos, críticos de la cultura y creadores tienen que aportar al debate acerca de la razón de ser y el porvenir de las Humanidades hoy. Por otra, generar una reflexión entre colegas, investigadores y estudiantes sobre esa miríada de relaciones en que se anudan la pro-ducción de saberes y de prácticas, y el compromiso de dar algún tipo de respuesta crítica a las urgencias del presente.

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En su ensayo “¿Qué es lo contemporáneo?”, en efecto, Giorgio Agamben señala una suerte de compromiso fundamental del pensamiento con la oscuridad de su tiempo, que sólo el poeta (o la poeta, por supuesto) es capaz de asumir plenamente —poniendo el propio cuerpo por delante. A propósito de Ósip Mandelstam, dice Agamben: “[e]l poeta, que debió pagar su contemporaneidad con la vida, es aquel que debe mantener fija la mirada en los ojos de su siglo-bestia, soldar con su sangre la espalda quebrada del tiempo”.[1]

En cierto sentido, si la desconstrucción ha hecho a una de las maneras en que las Humanidades ha podido dar respuesta a la crisis de la universidad, puede que esas humanidades desconstruidas encuentren hoy el camino de su supervivencia en el común de su acuerpamiento. Tal propósito primero —por unas humanidades capaces de encontrar una escucha pro-ductiva y una dicción renovada— constituye la justificación última de sostener el diálogo que dará inicio a continuación.

 

 

[1] Giorgio Agamben. “¿Qué es lo contmporáneo?”, Op. Cit., p. 19.

Palabras para la inauguración del Seminario de Humanidades

Palabras pronunciadas en ocasión de la primera actividad realizada conjuntamente por el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y 17, Instituto de Estudios Críticos, el 28 de noviembre de 2025, en el marco de su nueva alianza de cooperación e intercambio.

 

Es un honor inaugurar este Seminario de Humanidades, que hoy abre su primera sesión y que continuará vivo, en diálogo constante, a lo largo del próximo año. Este proyecto es especialmente significativo para el Departamento de Filosofía, y ha sido posible gracias al impulso visionario de la doctora Gabriela Méndez Cota y de Eleonora Croquer Pedrón, colaboradora del Departamento de Arte, así como de 17, Instituto de Estudios Críticos. Agradezco también el acompañamiento generoso del doctor Benjamin Mayer Foulkes, cuya presencia y trabajo son fundamentales para el desarrollo de esta iniciativa.

Permítanme expresar asimismo que hoy extrañamos la presencia de nuestro Director Divisional, el doctor Joseba Buj, quien no ha podido acompañarnos por motivos de salud. Reconocemos desde aquí su apoyo decidido para que este seminario pudiera consolidarse.

Este seminario nace en un momento crucial para nuestra universidad. En un entorno cambiante y profundamente complejo, las humanidades no pueden resignarse a un lugar marginal: deben situarse en el corazón mismo de las preguntas que configuran el presente y anticipan el futuro. El espíritu humanista que da identidad a la Ibero sigue siendo indispensable, pero exige de nosotros una renovación constante. Nos corresponde repensar nuestras prácticas, actualizar nuestras preguntas y situarnos a la altura de los debates contemporáneos que hoy marcan las transformaciones globales.

En este sentido, la creación de este seminario es un acto de visión académica e institucional. Gracias al apoyo de la División de Humanidades y Comunicación y de 17, Instituto, abrimos un espacio de interlocución que articula filosofía, arte, crítica cultural y reflexión interdisciplinaria, en sintonía con algunas de las líneas de vanguardia más significativas a nivel internacional:

– Humanidades digitales, inteligencia artificial y tecnologías emergentes,
– Pensamiento ambiental y ecologías críticas,
– Estudios críticos de ciencia y tecnología,
– Políticas del cuidado, justicia social y nuevas formas de comunidad,
– Imaginarios estéticos contemporáneos y transformaciones culturales,
– Epistemologías globales, interculturales y de frontera.

Quisiera añadir algo que me emociona especialmente. Hoy damos la bienvenida, en esta sesión inaugural, al Dr. Omar Espinosa Cisneros, quien fuera alumno mío hace ya muchos años y cuya trayectoria he seguido con sincera admiración. Su libro Filosofía e inscripción. Vida y muerte en tiempos de excepción representa una de las reflexiones más lúcidas y valientes de su generación. En él, Omar logra articular un pensamiento filosófico riguroso —alimentado por Heidegger, Foucault y otros— con la fuerza viva de testimonios de jóvenes que enfrentan la violencia contemporánea en México. Se trata de una filosofía que escucha, que inscribe, que rescata voces que suelen quedar fuera del registro institucional; una filosofía que, al abrirse a lo real, se vuelve también un gesto ético. Por eso es tan significativo que hoy él inaugure este espacio reflexionando sobre filosofía y testimonio, trazando un puente entre la vida concreta, la escritura y el pensamiento crítico. Su presencia encarna, desde este primer día, el espíritu mismo que este seminario aspira a consolidar: un encuentro entre generaciones, un lugar donde la palabra recupere su potencia, su riesgo y su responsabilidad.

Deseo que este espacio sea una invitación permanente al rigor, a la imaginación y al encuentro; un lugar desde el cual las Humanidades continúen iluminando el sentido de nuestra vida universitaria y contribuyendo, con profundidad y creatividad, a la transformación social.

Muchas gracias.

17 Instituto de Estudios Críticos, Filosofía, Humanidades contemporánea, La universidad, Universidad Iberoamericana

Destinación, institución

Palabras pronunciadas en ocasión de la primera actividad realizada conjuntamente por el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y 17, Instituto de Estudios Críticos, el 28 de noviembre de 2025, en el marco de su nueva alianza de cooperación e intercambio.

 

“La destinación de las humanidades: repensar sus tradiciones, reinventar sus prácticas” es el título del Seminario Permanente que hoy inauguramos, con la intervención especial de Omar Espinosa Cisneros, basada en su tesis-libro doctoral realizada en 17, Instituto de Estudios Críticos. La ocasión es especialmente significativa, pues se trata del primer evento en una nueva etapa de colaboración estrecha entre 17, Instituto de Estudios Críticos y la Universidad Iberoamericana, a través de su Departamento de Filosofía. 

Celebro enormemente este diálogo, que tiene incontables antecedentes históricos y presentes. Nuestra relación con la comunidad Ibero ha sido, durante años, intensa y fructífera. Se me agolpa una lista interminable de nombres —entre ellos Ilán Semo, consejero fundador de 17, Instituto; Perla Chinchilla, Alfonso Mendiola, Carlos Mendiola, Ricardo Nava, José Luis Barrios, Susana Delgado (nuestra primera Coordinadora Académica), Francisco Galán, Karen Cordero, Ángel Octavio Álvarez Solís, el fallecido Alex Cheirif (de quien 17, Editorial prepara actualmente un libro), Cosette Galindo, Carlos Hernández Dávila, Michelle Gama, Andrés Gordillo López (fundador de nuestra área de Estudios de la historicida) y un larguísimo etcétera. De múltiples maneras, la Universidad Iberoamericana ha figurado en 17, Instituto desde su origen, como a todo lo largo de su historia.

Casi nadie sabe que, hace más de veinte años, fui invitado a integrarme a la terna para dirigir el Departamento de Historia de la Universidad. Aunque la invitación me honró y me interesó vivamente, con mucho trabajo la decliné para seguir adelante con el proyecto de 17. Tiempo después, Luis Vergara Anderson tuvo la amabilidad de decirme que, siempre que se topaba con noticias de 17, se congratulaba de que no hubiera yo aceptado aquel ofrecimiento. Hoy, al encontrarnos en este marco, me da enorme alegría poder sumarme a la gran comunidad de la Universidad Iberoamericana, ahora con, y desde, 17. Luis lo celebrará por partida doble. Y yo con él.

A instancias de Gabriela Méndez Cota, presencia histórica en 17, Instituto de Estudios Críticos, colega muy valorada y compañera de ruta en incontables colaboraciones consustanciales al proyecto de 17, me integré durante la pandemia al Consejo Técnico de Posgrado en Filosofía, donde tuve el gusto de conocer el característico talante de Francisco Castro Merrifield y de admirar su modo de conducir el Departamento de Filosofía.

¿Qué decir, entonces, de modo introductorio, en esta ocasión singular, sobre la destinación de las humanidades? Plantear esta pregunta aquí es también indagar por los destinos de la crítica, pues nuestro acercamiento se ha dado precisamente alrededor del pensamiento crítico. Vivimos tiempos aciagos, de enorme peligro y desafíos descomunales. ¿Cómo ejercer un pensamiento a la altura de estas circunstancias? Desde la experiencia de 17 —que en 2026 cumplirá veinticinco años— me atrevo a compartir algunos apuntes que surgen de nuestro recorrido.

Desde el inicio hemos trabajado con lo residual. Lo hemos puesto en juego abordando cuestiones desatendidas por otras instancias e imaginando un dispositivo posuniversitario en el que la crítica no solo es pensamiento o método, sino lazo social. Entendemos la crítica como la capacidad de interpelar al saber mismo, ese saber que la universidad tiende a imaginar completo, capaz de dominar o neutralizar lo residual —incluyendo aquello que no puede ser simbolizado. Lo residual implica lo imposible, lo incompleto, lo incalculable, el sufrimiento y el deseo.

Nuestro tiempo —de financiarización sin fin, desmaterialización sin fin, y desecho sin fin— se caracteriza, paradójicamente, por una desmentida e incluso una forclusión de lo residual. Esto explica la tonalidad impensable —a veces abiertamente loca— de nuestros días. La esfera pública se congestiona con verdades torcidas que paralizan pensamiento y acción. Este no poder hablar de nada —cuando hay tanto y tan grave de qué hablar— deriva también de esa ilusión de completud que hoy nos intoxica. Un fármaco atosigante captura y ahoga lo residual.

El mundo parece estar de cabeza. Lo que sobra, aparentemente, son los humanos; y las humanidades ocupan el lugar de lo residual. ¿Cómo interpelar, entonces, desde lo humano y desde las humanidades? ¿Y cómo hacerlo de modo pertinente e incisivo?

Propongo en seguida algunas pinceladas de un posible programa de trabajo: describir críticamente nuestro predicamento, con claridad y sin concesiones; interpelar las formas de poder que lo instauran, sostienen y reproducen; interpelar también las formas de saber que lo consignan y lo velan —y cultivar aquellas que lo evidencian y subvierten; interpelar las formaciones subjetivas que lo demandan —en los otros y en nosotros— para poder distanciarnos críticamente de ellas 

Todo lo anterior con el fin de reabrir un lugar para la incertidumbre, el anhelo, el juego y la improvisación creadora; detonar nuestra capacidad de producir nuevos significantes, nuevos conceptos, nuevos nombres propios; imaginar nuevos lazos sociales, capaces de dar lugar a otras constelaciones de poder, saber y subjetivación.

En ello radica la importancia de nuestra experimentación institucional —con nosotros mismos— durante todos estos años. Es una discusión que desde luego también se da en la Universidad Iberoamericana. Aunque aún no lo he leído, me parece pertinente mencionar el Manifiesto para una Universidad Salvaje, de Dante Ariel Aragón Moreno, reconocido colega del Departamento de Filosofía, y David Fernández Dávalos.

Si, como sostenía Marshall McLuhan, el medio es el mensaje, la institución también lo es. La institución es destinación. Y la destinación, institución. Por eso es tan afortunado que escuchemos enseguida a Omar Espinosa Cisneros, cuyo libro —urdido en el marco de nuestro dispositivo posuniversitario— forma parte de un archivo vivo que documenta las huellas de nuestra apuesta por la posuniversidad: una decantación específica de lo que podríamos llamar instituciones críticas, organizaciones que ponen en juego lo residual y que abonan al establecimiento de una socialidad crítica.

Aquí se ve por qué el trabajo organizacional tiene una importancia tan grande. Y se comprenden mejor los motivos por los cuales nuestra experimentación con las tramas institucionales y los lazos sociales ha sido decantado a lo largo de los años en distintas direcciones.

El coloquio inaugural de 17 se ocupó precisamente de la pregunta por la fe desde esta clave, que denominamos a/teológica. Es un ángulo que he tenido el gusto de compartir con Juan Carlos Henríquez, a quien conocí como impulsor del CEX, el Centro de Exploración y Pensamiento Crítico de la Ibero. A instancias de Ana Cecilia Terrazas —exdirectora del Instituto Mexicano de la Radio, egresada de la Ibero y también de 17, Instituto de Estudios Críticos— Juan Carlos vino a conocer 17 con miras a su fecunda labor frente al CEX. Entonces iniciamos la rica conversación que hemos sostenido desde entonces.

Por otra parte, en los últimos años hemos avanzado en el esfuerzo por desplegar la característica perspectiva de 17 en el flanco económico, de manera concreta. Bajo el nombre de Ensamble, apostamos por una amplia alianza social y económica entre los sectores académico, cultural y social —una alianza urgente en tiempos de precarización y desinversión a lo largo y ancho de la República de las Letras.

Esta apuesta es algo que también nos complacerá enormemente compartir con la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y, a través suyo, con el sistema de universidades jesuitas (incluyendo a nuestr_s querid_s amig_s del ITESO de Guadalajara: Alana Simões, Alina Peña, Rossana Reguillo), dentro y fuera del país, así como con la Compañía de Jesús, por la que siempre hemos sentido el mayor de los respetos y una profunda admiración.

A la vez que iniciamos esta nueva etapa de colaboración con la Universidad Iberoamericana, iniciamos una sustantiva alianza con el Colegio de San Ildefonso, en el marco del nuevo Taller de Futuros, que, estoy seguro, nos dará ocasión más de una vez de orquestar una colaboración tripartita, e incluso con instancias adicionales. Que, originalmente, el Colegio de San Ildefonso haya sido una obra jesuita del siglo XVI cobra hoy aquí un sentido particularmente especial.

He afirmado que la institución es destinación. Ahí va de suyo la trascendencia de las organizaciones, de las alianzas —y de nuestra naciente colaboración. Estamos enormemente complacidos por ella y sus prospectos. En el corazón de esa satisfacción está el hecho de que todo ello tenga lugar precisamente con, y a través, del Departamento de Filosofía, y nuestra pasión compartida por el pensamiento crítico. Qué maravilla que podamos poner en juego el conjunto de estas posibilidades en tan estupenda compañía.

Les agradezco nuevamente, y les reitero la radicalidad de nuestro compromiso y la certeza de nuestro deseo.

¡Vamos, colegas! ¡Críticos del mundo, un esfuerzo más!

17 Instituto de Estudios Críticos, Filosofía, Humanidades contemporánea, La universidad, Universidad Iberoamericana

Seminario permanente: La destinación de las Humanidades

Palabras pronunciadas en ocasión de la primera actividad realizada conjuntamente por el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y 17, Instituto de Estudios Críticos, el 28 de noviembre de 2025, en el marco de su nueva alianza de cooperación e intercambio.

 

En cuanto al Seminario que hoy lanzamos empiezo por agradecer a Eleonora Cróquer Pedrón por su energía y entusiasmo, además de su inteligente y nutritiva conversación, quien en muy poco tiempo nos ha empujado a transformar varios años de resonancias, afinidades, simpatías, colaboraciones esporádicas con 17, Instituto de Estudios Críticos, en una verdadera alianza de instituciones por el pensamiento crítico en su sentido más radical. Me refiero al pensamiento verdaderamente contemporáneo que es un compromiso con la existencia, con la intemperie, y que desde ahí se arriesga a poner en cuestión el conjunto de los saberes, y a mirar fijamente, sin miedo, la oscuridad del presente, como dice Agamben en un texto que le gusta mucho a Eleonora.

Luego, quiero agradecer a Francisco Castro Merrifield por su entrega y dedicación al Departamento de Filosofía y por su liderazgo en tiempos que ya no se pueden describir como de cambio o de crisis o de incertidumbre –eso sería banal –sino que yo describiría más bien como “de calma chicha”. Creo que Francisco ha sabido reconocer esta inquietud extrema como el momento oportuno para actuar sin miedo y abrir puertas, tender manos, hacer proyectos, en suma: para confiar en la existencia no sólo de individuos racionales o económicos sino de algo común que nos precede, que vale la pena cuidar y cultivar entre todos. Sin esa confianza básica en lo común, en la co-existencia amable y generosa, no vamos a ser capaces de plantear, con verdadera radicalidad, la pregunta por el sentido de las Humanidades críticas, hoy.

Last but not least, quiero agradecer a Benjamín Mayer Foulkes por todo lo vivido durante casi dos décadas de amistad con su proyecto, con 17, Instituto de Estudios Críticos. A mí, en lo personal, 17 me introdujo a la realidad concreta de esas leyendas ignacianas que luego nos encontramos por todos lados aquí en la Ibero, como “la audacia de lo improbable”. Gracias a la audacia de Benjamín, a quien por cierto vi y escuché hablar por primera vez hace como 20 años aquí en la Ibero, y de toda la gente que ha contribuido con pasión a su proyecto, y que no deja de sorprenderme y maravillarme, percibí por primera vez que el pensar vive, y eso es, realmente, lo que a mí me tocó vivir, de manera única, en 17. Recibir, de Benjamín, el libro de Omar Espinosa Cisneros, Filosofía e Inscripción. Vida y muerte en tiempos de excepción, y luego leerlo y percibir en él, en su absoluta singularidad, la impronta de 17, fue algo realmente conmovedor, y me hace muy feliz que nuestros estudiantes de Filosofía hayan asumido con entusiasmo la tarea de recibirlo y resonar con él. El pensar vive: la crítica es afección antes que representación.

Mi mayor ilusión es que esta afinidad persistente, vuelta alianza, surta algo de ese efecto o afecto entre nosotros. Que a través de nosotros, co-existentes apasionados a la intemperie, se revitalice milagrosamente nuestro campo, las Humanidades, el cual, como la institución universitaria misma, se enfrenta hoy a desafíos sin precedentes. La guerra no es algo nuevo, la tecnología tampoco: lo nuevo, me parece, es la muerte del deseo de pensar, que es también la muerte del deseo de vivir, de abrirse a la alteridad.

Pienso que Omar vive, que por eso escribió como escribió, y por eso nos tocó tanto su escritura, su deseo que no tiene que ver con alguna narrativa de identidad académica o universitaria, sino con una experiencia de los límites de tal narrativa, una experiencia que cultiva una apertura y una hospitalidad hacia los límites, hacia lo que existe en las fallas y las imperfecciones, eso que nos interpela y nos obliga a pensar. Con su inscripción, Omar incluso hace eco de los jesuitas que fundaron esta universidad en tiempos de catástrofe mundial, en tiempos del Holocausto, y con cuya experiencia nos toca reconectar hoy en la Ibero para reinventar las Humanidades, practicando no la mercadotecnia, sino la amistad.