Blog de la Caravana

Destinación, institución

Palabras pronunciadas en ocasión de la primera actividad realizada conjuntamente por el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y 17, Instituto de Estudios Críticos, el 28 de noviembre de 2025, en el marco de su nueva alianza de cooperación e intercambio.

 

“La destinación de las humanidades: repensar sus tradiciones, reinventar sus prácticas” es el título del Seminario Permanente que hoy inauguramos, con la intervención especial de Omar Espinosa Cisneros, basada en su tesis-libro doctoral realizada en 17, Instituto de Estudios Críticos. La ocasión es especialmente significativa, pues se trata del primer evento en una nueva etapa de colaboración estrecha entre 17, Instituto de Estudios Críticos y la Universidad Iberoamericana, a través de su Departamento de Filosofía. 

Celebro enormemente este diálogo, que tiene incontables antecedentes históricos y presentes. Nuestra relación con la comunidad Ibero ha sido, durante años, intensa y fructífera. Se me agolpa una lista interminable de nombres —entre ellos Ilán Semo, consejero fundador de 17, Instituto; Perla Chinchilla, Alfonso Mendiola, Carlos Mendiola, Ricardo Nava, José Luis Barrios, Susana Delgado (nuestra primera Coordinadora Académica), Francisco Galán, Karen Cordero, Ángel Octavio Álvarez Solís, el fallecido Alex Cheirif (de quien 17, Editorial prepara actualmente un libro), Cosette Galindo, Carlos Hernández Dávila, Michelle Gama, Andrés Gordillo López (fundador de nuestra área de Estudios de la historicida) y un larguísimo etcétera. De múltiples maneras, la Universidad Iberoamericana ha figurado en 17, Instituto desde su origen, como a todo lo largo de su historia.

Casi nadie sabe que, hace más de veinte años, fui invitado a integrarme a la terna para dirigir el Departamento de Historia de la Universidad. Aunque la invitación me honró y me interesó vivamente, con mucho trabajo la decliné para seguir adelante con el proyecto de 17. Tiempo después, Luis Vergara Anderson tuvo la amabilidad de decirme que, siempre que se topaba con noticias de 17, se congratulaba de que no hubiera yo aceptado aquel ofrecimiento. Hoy, al encontrarnos en este marco, me da enorme alegría poder sumarme a la gran comunidad de la Universidad Iberoamericana, ahora con, y desde, 17. Luis lo celebrará por partida doble. Y yo con él.

A instancias de Gabriela Méndez Cota, presencia histórica en 17, Instituto de Estudios Críticos, colega muy valorada y compañera de ruta en incontables colaboraciones consustanciales al proyecto de 17, me integré durante la pandemia al Consejo Técnico de Posgrado en Filosofía, donde tuve el gusto de conocer el característico talante de Francisco Castro Merrifield y de admirar su modo de conducir el Departamento de Filosofía.

¿Qué decir, entonces, de modo introductorio, en esta ocasión singular, sobre la destinación de las humanidades? Plantear esta pregunta aquí es también indagar por los destinos de la crítica, pues nuestro acercamiento se ha dado precisamente alrededor del pensamiento crítico. Vivimos tiempos aciagos, de enorme peligro y desafíos descomunales. ¿Cómo ejercer un pensamiento a la altura de estas circunstancias? Desde la experiencia de 17 —que en 2026 cumplirá veinticinco años— me atrevo a compartir algunos apuntes que surgen de nuestro recorrido.

Desde el inicio hemos trabajado con lo residual. Lo hemos puesto en juego abordando cuestiones desatendidas por otras instancias e imaginando un dispositivo posuniversitario en el que la crítica no solo es pensamiento o método, sino lazo social. Entendemos la crítica como la capacidad de interpelar al saber mismo, ese saber que la universidad tiende a imaginar completo, capaz de dominar o neutralizar lo residual —incluyendo aquello que no puede ser simbolizado. Lo residual implica lo imposible, lo incompleto, lo incalculable, el sufrimiento y el deseo.

Nuestro tiempo —de financiarización sin fin, desmaterialización sin fin, y desecho sin fin— se caracteriza, paradójicamente, por una desmentida e incluso una forclusión de lo residual. Esto explica la tonalidad impensable —a veces abiertamente loca— de nuestros días. La esfera pública se congestiona con verdades torcidas que paralizan pensamiento y acción. Este no poder hablar de nada —cuando hay tanto y tan grave de qué hablar— deriva también de esa ilusión de completud que hoy nos intoxica. Un fármaco atosigante captura y ahoga lo residual.

El mundo parece estar de cabeza. Lo que sobra, aparentemente, son los humanos; y las humanidades ocupan el lugar de lo residual. ¿Cómo interpelar, entonces, desde lo humano y desde las humanidades? ¿Y cómo hacerlo de modo pertinente e incisivo?

Propongo en seguida algunas pinceladas de un posible programa de trabajo: describir críticamente nuestro predicamento, con claridad y sin concesiones; interpelar las formas de poder que lo instauran, sostienen y reproducen; interpelar también las formas de saber que lo consignan y lo velan —y cultivar aquellas que lo evidencian y subvierten; interpelar las formaciones subjetivas que lo demandan —en los otros y en nosotros— para poder distanciarnos críticamente de ellas 

Todo lo anterior con el fin de reabrir un lugar para la incertidumbre, el anhelo, el juego y la improvisación creadora; detonar nuestra capacidad de producir nuevos significantes, nuevos conceptos, nuevos nombres propios; imaginar nuevos lazos sociales, capaces de dar lugar a otras constelaciones de poder, saber y subjetivación.

En ello radica la importancia de nuestra experimentación institucional —con nosotros mismos— durante todos estos años. Es una discusión que desde luego también se da en la Universidad Iberoamericana. Aunque aún no lo he leído, me parece pertinente mencionar el Manifiesto para una Universidad Salvaje, de Dante Ariel Aragón Moreno, reconocido colega del Departamento de Filosofía, y David Fernández Dávalos.

Si, como sostenía Marshall McLuhan, el medio es el mensaje, la institución también lo es. La institución es destinación. Y la destinación, institución. Por eso es tan afortunado que escuchemos enseguida a Omar Espinosa Cisneros, cuyo libro —urdido en el marco de nuestro dispositivo posuniversitario— forma parte de un archivo vivo que documenta las huellas de nuestra apuesta por la posuniversidad: una decantación específica de lo que podríamos llamar instituciones críticas, organizaciones que ponen en juego lo residual y que abonan al establecimiento de una socialidad crítica.

Aquí se ve por qué el trabajo organizacional tiene una importancia tan grande. Y se comprenden mejor los motivos por los cuales nuestra experimentación con las tramas institucionales y los lazos sociales ha sido decantado a lo largo de los años en distintas direcciones.

El coloquio inaugural de 17 se ocupó precisamente de la pregunta por la fe desde esta clave, que denominamos a/teológica. Es un ángulo que he tenido el gusto de compartir con Juan Carlos Henríquez, a quien conocí como impulsor del CEX, el Centro de Exploración y Pensamiento Crítico de la Ibero. A instancias de Ana Cecilia Terrazas —exdirectora del Instituto Mexicano de la Radio, egresada de la Ibero y también de 17, Instituto de Estudios Críticos— Juan Carlos vino a conocer 17 con miras a su fecunda labor frente al CEX. Entonces iniciamos la rica conversación que hemos sostenido desde entonces.

Por otra parte, en los últimos años hemos avanzado en el esfuerzo por desplegar la característica perspectiva de 17 en el flanco económico, de manera concreta. Bajo el nombre de Ensamble, apostamos por una amplia alianza social y económica entre los sectores académico, cultural y social —una alianza urgente en tiempos de precarización y desinversión a lo largo y ancho de la República de las Letras.

Esta apuesta es algo que también nos complacerá enormemente compartir con la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y, a través suyo, con el sistema de universidades jesuitas (incluyendo a nuestr_s querid_s amig_s del ITESO de Guadalajara: Alana Simões, Alina Peña, Rossana Reguillo), dentro y fuera del país, así como con la Compañía de Jesús, por la que siempre hemos sentido el mayor de los respetos y una profunda admiración.

A la vez que iniciamos esta nueva etapa de colaboración con la Universidad Iberoamericana, iniciamos una sustantiva alianza con el Colegio de San Ildefonso, en el marco del nuevo Taller de Futuros, que, estoy seguro, nos dará ocasión más de una vez de orquestar una colaboración tripartita, e incluso con instancias adicionales. Que, originalmente, el Colegio de San Ildefonso haya sido una obra jesuita del siglo XVI cobra hoy aquí un sentido particularmente especial.

He afirmado que la institución es destinación. Ahí va de suyo la trascendencia de las organizaciones, de las alianzas —y de nuestra naciente colaboración. Estamos enormemente complacidos por ella y sus prospectos. En el corazón de esa satisfacción está el hecho de que todo ello tenga lugar precisamente con, y a través, del Departamento de Filosofía, y nuestra pasión compartida por el pensamiento crítico. Qué maravilla que podamos poner en juego el conjunto de estas posibilidades en tan estupenda compañía.

Les agradezco nuevamente, y les reitero la radicalidad de nuestro compromiso y la certeza de nuestro deseo.

¡Vamos, colegas! ¡Críticos del mundo, un esfuerzo más!

17 Instituto de Estudios Críticos, Filosofía, Humanidades contemporánea, La universidad, Universidad Iberoamericana

Seminario permanente: La destinación de las Humanidades

Palabras pronunciadas en ocasión de la primera actividad realizada conjuntamente por el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y 17, Instituto de Estudios Críticos, el 28 de noviembre de 2025, en el marco de su nueva alianza de cooperación e intercambio.

 

En cuanto al Seminario que hoy lanzamos empiezo por agradecer a Eleonora Cróquer Pedrón por su energía y entusiasmo, además de su inteligente y nutritiva conversación, quien en muy poco tiempo nos ha empujado a transformar varios años de resonancias, afinidades, simpatías, colaboraciones esporádicas con 17, Instituto de Estudios Críticos, en una verdadera alianza de instituciones por el pensamiento crítico en su sentido más radical. Me refiero al pensamiento verdaderamente contemporáneo que es un compromiso con la existencia, con la intemperie, y que desde ahí se arriesga a poner en cuestión el conjunto de los saberes, y a mirar fijamente, sin miedo, la oscuridad del presente, como dice Agamben en un texto que le gusta mucho a Eleonora.

Luego, quiero agradecer a Francisco Castro Merrifield por su entrega y dedicación al Departamento de Filosofía y por su liderazgo en tiempos que ya no se pueden describir como de cambio o de crisis o de incertidumbre –eso sería banal –sino que yo describiría más bien como “de calma chicha”. Creo que Francisco ha sabido reconocer esta inquietud extrema como el momento oportuno para actuar sin miedo y abrir puertas, tender manos, hacer proyectos, en suma: para confiar en la existencia no sólo de individuos racionales o económicos sino de algo común que nos precede, que vale la pena cuidar y cultivar entre todos. Sin esa confianza básica en lo común, en la co-existencia amable y generosa, no vamos a ser capaces de plantear, con verdadera radicalidad, la pregunta por el sentido de las Humanidades críticas, hoy.

Last but not least, quiero agradecer a Benjamín Mayer Foulkes por todo lo vivido durante casi dos décadas de amistad con su proyecto, con 17, Instituto de Estudios Críticos. A mí, en lo personal, 17 me introdujo a la realidad concreta de esas leyendas ignacianas que luego nos encontramos por todos lados aquí en la Ibero, como “la audacia de lo improbable”. Gracias a la audacia de Benjamín, a quien por cierto vi y escuché hablar por primera vez hace como 20 años aquí en la Ibero, y de toda la gente que ha contribuido con pasión a su proyecto, y que no deja de sorprenderme y maravillarme, percibí por primera vez que el pensar vive, y eso es, realmente, lo que a mí me tocó vivir, de manera única, en 17. Recibir, de Benjamín, el libro de Omar Espinosa Cisneros, Filosofía e Inscripción. Vida y muerte en tiempos de excepción, y luego leerlo y percibir en él, en su absoluta singularidad, la impronta de 17, fue algo realmente conmovedor, y me hace muy feliz que nuestros estudiantes de Filosofía hayan asumido con entusiasmo la tarea de recibirlo y resonar con él. El pensar vive: la crítica es afección antes que representación.

Mi mayor ilusión es que esta afinidad persistente, vuelta alianza, surta algo de ese efecto o afecto entre nosotros. Que a través de nosotros, co-existentes apasionados a la intemperie, se revitalice milagrosamente nuestro campo, las Humanidades, el cual, como la institución universitaria misma, se enfrenta hoy a desafíos sin precedentes. La guerra no es algo nuevo, la tecnología tampoco: lo nuevo, me parece, es la muerte del deseo de pensar, que es también la muerte del deseo de vivir, de abrirse a la alteridad.

Pienso que Omar vive, que por eso escribió como escribió, y por eso nos tocó tanto su escritura, su deseo que no tiene que ver con alguna narrativa de identidad académica o universitaria, sino con una experiencia de los límites de tal narrativa, una experiencia que cultiva una apertura y una hospitalidad hacia los límites, hacia lo que existe en las fallas y las imperfecciones, eso que nos interpela y nos obliga a pensar. Con su inscripción, Omar incluso hace eco de los jesuitas que fundaron esta universidad en tiempos de catástrofe mundial, en tiempos del Holocausto, y con cuya experiencia nos toca reconectar hoy en la Ibero para reinventar las Humanidades, practicando no la mercadotecnia, sino la amistad.

Sapere aude: constelaciones críticas

Entre las conversaciones, lecturas y debates que han acompañado mi paso por los estudios de maestría aquí, en 17, hay una pregunta que nunca dejó de resonar: ¿qué lugar ocupa la universidad en nuestra época? De esas voces —la de colegas, compañerxs, tutores… de los seminarios y coloquios— surge esta reflexión. Es un intento por pensar la educación, la formación y la pedagogía no solo como temas académicos, sino como territorios donde aún se juega la posibilidad de una emancipación.

 

Imagen: Boceto de Alberto Giacometti – L’Homme qui marche (El hombre que camina), 1960.

Imagen: Boceto de Alberto Giacometti – L’Homme qui marche (El hombre que camina), 1960.

Un fantasma recorre las ciudades: el fantasma de la universidad pública.

La universidad es una ruina viva. Atraviesa la historia como una construcción que nunca termina de fijarse: monasterio, asamblea, laboratorio, empresa. En sus muros reverbera la disputa por el saber, el poder y la formación de subjetividades. No se trata de un espacio neutral, sino de un campo atravesado por las contradicciones de clase, las urgencias de reproducción del capital y, también, por las posibilidades de emancipación. La pregunta persiste como sombra: ¿es la universidad un aparato ideológico del Estado, destinado a legitimar jerarquías y obediencias o acaso guarda todavía grietas por donde se filtra la resistencia hacia la emancipación popular? Como planteó Kant en su ensayo ¿Qué es la Ilustración? —el famoso sapere aude (atreverse a pensar)— es el gesto fundante de la Ilustración. Foucault, en su célebre lectura de Kant, insistirá en que ese “atreverse” no es un evento cerrado, sino una actitud crítica permanente: una práctica de insumisión. Si seguimos esa línea, la universidad se convierte en el espacio donde ese coraje de pensar se juega siempre bajo la amenaza de domesticación.

Si volvemos sobre su historia, veremos que la universidad siempre ha sido moldeada por la sociedad de la que forma parte. En sus orígenes medievales fue satélite de la Iglesia y del Estado feudal, garante de un orden jerárquico que debía perpetuarse. La Modernidad trajo consigo la ciencia y el ideal humboldtiano de autonomía académica, aunque siempre al servicio de los nacientes Estados nación. En Latinoamérica, la universidad colonial heredó la exclusión racial, de género y de clase; era, en suma, un privilegio para los hombres blancos de clase alta. Sin embargo, la historia no es solo repetición. A comienzos del siglo XX comenzaron a surgir reformas estudiantiles y universitarias; dos de las más representativas tuvieron lugar en México y en Argentina. En Ciudad de México, la disputa universitaria tuvo un largo recorrido que se inició con la fundación de la Universidad Nacional en 1910, aún bajo el porfiriato, y alcanzó su punto de inflexión en 1929, cuando una huelga estudiantil masiva conquistó la autonomía universitaria. Por su parte, hacia el sur, en Córdoba, en 1918 se produjo el primer gran estallido estudiantil, que interrumpió la linealidad institucional y marcó un punto de inflexión en la sociedad cordobesa, al exigir cogobierno, autonomía y una universidad vinculada con la lucha social. Ambos eventos agitaron profundamente sus ciudades y, por impactos colaterales, influenciaron la transformación del horizonte político y educativo de la región latinoamericana. Esas irrupciones revelaron que la universidad podía ser algo distinto: no solo guardiana de privilegios, sino también espacio de democratización, resistencia y emancipación.

Ese proceso histórico no se detuvo: las transformaciones constantes del capital encontraron en la universidad un nuevo terreno fértil y privilegiado para renovar sus formas de control. Aquellos acontecimientos quedaron apenas como un primer destello de esperanza, mientras que, en la dialéctica de lo real, las dinámicas del capital reconfiguraban los espacios sociales, infiltrándose en cada pliegue de la vida social. Como bien señalaron Adorno y Horkheimer en la Dialéctica de la Ilustración, la razón que nació para liberar terminó atrapada en la lógica de dominación. Lo mismo puede advertirse aquí: la universidad moderna, nacida bajo la promesa de autonomía, pronto se volvió engranaje de los Estados nación y, por sobre todo, del capital. El saber que debía nutrir de conocimientos para la emancipación comenzó a servir a las administraciones burocráticas del pensamiento occidental.

Esa tensión histórica persiste y se vuelve visible cuando miramos el modo en que el capitalismo ha reconfigurado la función universitaria. El saber se convierte en mercancía y la educación se vuelve instrumental: el estudiante deja de ser sujeto para transformarse en capital humano que “invierte” en sí mismo. Horkheimer advirtió en su Crítica de la razón instrumental que el pensamiento reducido a cálculo olvida la pregunta por los fines. La universidad neoliberal encarna esa deriva: no busca formar sujetos críticos, sino unidades productivas adaptadas al mercado. En este escenario, el aula se asemeja más a una fábrica industrial que a un espacio de pensamiento. Frente a este panorama emergen voces que recuerdan otra posibilidad: la educación emancipadora. Marcuse en 1964 veía en la educación un refugio para la negatividad, capaz de resistir al pensamiento unidimensional, mientras que Paulo Freire en 1970 proponía la praxis pedagógica como un proceso de conciencia crítica. Aquí se abre un nudo decisivo: ¿instruir para la adaptación instrumental o educar para la formación hacia la transformación popular?

En este punto donde se gesta la tensión, el psicoanálisis aparece para iluminar la escena desde otro ángulo. Freud ya advertía desde hace mucho que aprender implica siempre una cuota de represión y renuncia pulsional. Lacan, quien profundizó esa intuición, situó al discurso universitario como aquel en el que el saber ocupa el lugar del amo, es decir, donde la autoridad se disfraza de neutralidad científica, pero en realidad reproduce relaciones de poder. En otras palabras, que la universidad (refiriéndose a la hegemónica, capitalista) no solo instruye, sino que además produce subjetividades atravesadas por el deseo y la ideología. Sin embargo, incluso dentro de ese dispositivo de saber-poder (alienación) algo escapa. No todo en la universidad se deja capturar por la lógica del amo: siempre resta un excedente, un deseo que no se acomoda del todo a la norma. Allí, en ese resto que resiste la completa domesticación del pensamiento, se insinúa una posibilidad crítica. Por tanto, la contradicción capitalista aparece con toda su fuerza: la misma estructura que busca normalizar y someter el pensamiento deja ver, en sus fallas, la posibilidad de un desvío. En ese punto surge la sublimación —esa conversión del deseo reprimido en creación simbólica, en producción cultural o intelectual—, que puede adquirir un carácter político; no como una superación ingenua de la alienación, sino como la respuesta del sujeto que, ante el exceso que el sistema no logra absorber, transforma su malestar en acto, en pensamiento que interroga y tensiona lo dado. Así, el saber puede devenir praxis creadora: no una repetición del mundo, sino una tentativa por transformarlo. En este cruce, la reflexión de Adorno en Dialéctica negativa resulta decisiva: si el pensamiento crítico debe dar voz a lo no idéntico, a aquello que no encaja, la universidad podría ser también ese espacio donde el saber excede su función de control y se abre a lo inesperado.

Si miramos el presente, vemos que el neoliberalismo profundizó la cara más oscura de esta dinámica. Desde los años noventa, en Latinoamérica proliferaron universidades privadas con lógica empresarial: carreras rápidas, posgrados inmediatos, títulos como mercancía. Se promete calidad a quienes pueden pagar, mientras la educación pública sufre desfinanciamiento y precarización. Pero detrás de esta promesa late un vaciamiento: se producen profesionales dóciles y conocimientos domesticados, en lugar de pensamiento vivo y crítico. Lo que parece progreso es, en realidad, una forma de mediocrización masiva: abundancia de títulos, escasez de saber. Frente a ello, la universidad pública se mantiene como fragmento de esperanza, sostenida en la historia y en el horizonte de posibilidad. En países como Argentina, Brasil o México —que representan experiencias significativas en materia de educación pública en la región latinoamericana— la universidad puede seguir siendo un escenario de organización estudiantil, pensamiento crítico y producción de alternativas. Allí se forman profesionales con bases culturales y científicas, y se encarna un principio igualitario: los hijos de empresarios y obreros comparten aula bajo las mismas condiciones. Dichas experiencias de universidad popular recuerdan que el conocimiento no debe quedar encerrado en claustros privados elitistas, sino vincularse con las luchas de los sectores trabajadores y los excluidos. De esa manera, la enseñanza todavía palpita, para convertirse en una práctica de emancipación, retomando lo que Marx señalaba: la formación humana no debe estar subordinada al capital, sino orientarse a la plena realización de las capacidades. Esa idea, lejos de agotarse en el siglo XIX, sigue latiendo en las experiencias que buscan sostener la educación como espacio de igualdad y creación colectiva. En esa línea, Bolívar Echeverría desde una mirada más contemporánea ofreció otra vía de interpretación al pensar el ethos barroco: una forma de vida que, en medio del capitalismo, rehúsa ceder por completo y encuentra grietas para habitar de otro modo. Así, las universidades públicas de nuestra región podrían pensarse también como barrocas: contradictorias, híbridas y persistentes en su intento de resistir la mercantilización y mantener abierta la posibilidad de un saber emancipador.

Ahora bien, esa vitalidad que aún late en las universidades públicas latinoamericanas no está exenta de contradicciones. Las mismas instituciones que resisten el avance neoliberal también arrastran inercias burocráticas, jerarquías internas y modos de reproducción del poder que muchas veces sofocan su potencial crítico. La disputa por el sentido de la universidad se juega también dentro de sus propios muros: entre la reproducción del orden y la invención de lo nuevo, entre la rutina administrativa y la chispa del pensamiento vivo. En ese intersticio, la universidad se revela como una forma en crisis permanente: tensión entre ruina y promesa, entre decadencia y posibilidad. Lo viejo que persiste y lo nuevo que pugna por nacer. Walter Benjamin nos enseñó a leer la historia como constelación: no como progreso lineal, sino como choque de tiempos, donde el pasado ilumina al presente en relámpagos. En El origen del drama barroco alemán, Benjamin mostró cómo las ruinas condensan más verdad que las arquitecturas acabadas: son alegoría del tiempo interrumpido. Tal vez la universidad deba pensarse así: no como edificio consolidado, sino como ruina viva donde lo histórico y lo posible se entrecruzan. Es, en definitiva, un mosaico de aparatos de dominación y de resistencias, de jerarquías y de insurrecciones. Cada reforma, cada protesta estudiantil, cada debate académico porta esa ambivalencia. Defender la universidad pública hoy significa más que sostener una institución: es resistir a la mercantilización total de la vida. No se trata de salvar un edificio, sino de afirmar que el saber puede ser otra cosa que mercancía instrumental: un espacio para la investigación, la crítica, la memoria, la humanidad. La universidad no debe resignarse a ser fábrica de profesionales mediocres ni instrumento de adaptación, sino reinventarse como espacio donde el conocimiento asuma su verdadera función social: la emancipación popular y el desarrollo científico para el bien común.

Quizá en estos tiempos de tanta hostilidad y control, de tanto espectáculo adormecedor y homogeneidad, el sapere aude cobre un nuevo sentido: sostener —incluso entre ruinas— el coraje de pensar. El gesto mínimo, pero infinito, de ser alguien.

 

Bibliografía:

Adorno, Theodor  (). Dialéctica negativa. Ediciones Akal, Madrid, 1966/2005.

— y Horkheimer, Max. Dialéctica de la Ilustración. Editorial Trotta, Madrid, 1944/2016.

Benjamin, Walter. El origen del Trauerspiel alemán (El origen del drama barroco alemán). Abad Editores, Madrid, 1928/2012

Tesis sobre el concepto de historia y otros ensayos sobre historia y política. Alianza Editorial, Madrid, 1940 2021.

Echeverría, Bolívar. La modernidad de lo barroco. Ediciones Era, Ciudad de México, 1998.

Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1970/2015.

Foucault, Michel. «¿Qué es la Ilustración?», en Estética, ética y hermenéutica. Paidós. Barcelona, 1984/1999.

Horkheimer, Max. Teoría crítica. Amorrortu, Buenos Aires, 1937/1996.

Kant, Immanuel. Crítica de la razón pura. Editorial Losada, Buenos Aires, 1787/2007.

Lacan, Jacques. El seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires, 1969-70/1992.

Marcuse, Herbert. El hombre unidimensional. Austral, Barcelona, 1964/2016.

Marx, Karl. «Capítulo 1: Tesis sobre Feuerbach», en La ideología alemana. Akal Editores, Madrid, 1845/2014.

 

 

El archivo digital como sueño de totalidad

 

1. El presente

Un brazo extendido, un celular en mano, una mirada que no observa directamente sino a través de una pantalla. El cuerpo cambia su postura, adopta una nueva forma de mirar y de estar. ¿Qué implica este gesto aparentemente banal? Fácilmente reconocible, éste sugiere que la persona en cuestión está usando la cámara integrada a su dispositivo móvil para documentar algo de forma audiovisual. Primera pregunta: ¿qué documenta? La respuesta es poco alentadora si lo que queremos son certezas: las opciones son tantas como hay usuarios de dispositivos digitales. Segunda pregunta: ¿por qué documenta? Respondo con otra: ¿por qué no? Si tenemos al alcance de la mano una prótesis para producir recuerdos, ¿por qué fiarnos de nuestra memoria integrada, aquella que olvida, escinde y produce a su gusto? Tercera y última: ¿cómo lo guarda? Otra respuesta poco alentadora, pues el modo de organización de un celular es reflejo del mundo interior de cada usuario. Qué prioriza el otro, qué guarda, cómo lo guarda, por qué lo guarda así y dónde está guardado son todas incógnitas encriptadas en dos mapas neuronales simultáneos: el de su órgano cerebral y el del código que sostiene la tecnología en uso. Al final de la fiesta de cumpleaños hay cientos de imágenes, quedó grabado todo el concierto, y en el carrete de fotos hay miles de momentos aparentemente inolvidables.

La promesa de la prótesis mimética es que podamos liberar espacio en nuestra memoria para recordar más cosas y recordarlas mejor. La premisa es que, si todo queda grabado, nada corre el riesgo de perderse de nuestra memoria. Un estudio realizado en 2014 por Linda A. Henkel, de la Universidad de Fairfield, reveló que los asistentes a un museo que tomaban fotografías de los objetos exhibidos recordaban menos detalles y elementos en comparación con quienes se limitaban a observarlos.[1] Henkel nombró este fenómeno ‘efecto de alteración en la toma de fotografía’, que refiere que a que al tomar una foto se reduce la capacidad cerebral de recordarlo. Este efecto se debe principalmente a que al tomar fotografía la atención se enfoca en la acción de fotografiar y no en la experimentación directa del objeto en sí. Además, el depósito de la confianza de rememoración en el aparato, que se asume recordará por nosotros, profundiza la falta de atención. En los términos que aquí nos competen, esta investigación nos ofrece la siguiente conclusión: el exceso de archivo digital no garantiza la memoria, sino que la fragmenta.

Pero la memoria, así como el archivo, siempre es fragmentaria. La cuestión reside en cómo nos relacionamos a la fantasía de que la acumulación va a prevenir el olvido, y si entendemos las aristas y consecuencias que esto tiene para el ejercicio de poder, el medio ambiente, y la historia.

El archivo es fragmento, en primer momento, porque existe un proceso de la archivística llamado “valoración documental”, a través del cual se determina qué merece ser guardado, qué no y por cuánto tiempo, eso sin contar los daños a los datos dados por las inclemencias. Es decir, un archivo nunca comprehende un todo, es más bien es el resultado final de un proceso de pérdida, quema, robo, inundación, pestes y valoración humana. Esta fragmentación, que funciona tanto como potencia de memoria como el motor de la ansiedad, incita a la catalogación del mundo real por el usuario. Es precisamente esta condición la que la revolución digital promete resolver al ofrecer la ilusión de que, al digitalizar, todo será eterno.

En nuestra coyuntura, donde la memoria ha desbordado sus propias capacidades materiales, colonizando y creando el universo digital, el uso excesivo del concepto de archivo y la promesa del archivo digital lo han cambiado todo a nuestro alrededor. Una entre tantas características de esta nueva era, que todavía no termina de cuajar, es la del cambio en la forma de producción del conocimiento, y su consecuente documentación y catalogación. En el pasado, cambios como estos han tenido que ver con el incremento en información producida, ya sea por avance tecnológico o sociopolíticos. Por ejemplo, el registro de datos fue una característica fundamental que permitió que se llevara a cabo la colonización de América en el siglo XVI, como lo es ahora que se esté desarrollando una nueva forma del mismo ejercicio desde San José, California. La revolución digital, como lo fue la revolución alfabética, nos recuerda Serge Gruzinski, es ante todo una carrera por el archivo, por el almacenamiento, el manejo y el control de la data producida que, a final de cuentas, permite la concentración y acumulación del poder en quien tiene control de la información.[2]

Usemos una foto reciente como evidencia documental para comprobarlo. En la toma de protesta del cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos a principios de año, se retrataron a los cuatro caballeros del techno-apocalipsis en primera fila: Zuckerberg (Meta), Bezos (Amazon), Musk (Tesla) y Pichai (Google). Como si hubieran cambiado de características su puesto, ya no representan conquista, guerra, hambre y muerte (aunque la producen) como lo hicieron por tanto tiempo, sino que ahora son los caballeros de los datos personales, del consumo, de la tecnología y de la información. Estos, los hombres más poderosos del mundo han influido en cambiar la realidad en la que vivimos. No por nada hablan sobre y patrocinan al new world order—cuyos alcances y consecuencias aún nos escapan.

 

2. Brevísimo recorrido histórico del concepto de “archivo”

No será una sorpresa decir que el archivo se ha vuelto una de las obsesiones más persistentes del presente. El concepto es invocado en conferencias académicas, en foros de derechos humanos, está presente en los libros más recientes, es personaje principal de documentales y películas e incluso ha cambiado la propia industria del entretenimiento y de la moda, que ahora se sumerge a los archivos de las casas de confección en búsqueda de piezas únicas y originales.[3]

Pero, ¿por qué hay un exceso de archivo, o al menos del uso del concepto? Según Google Book Ngram Viewer, un buscador en línea que permite rastrear la frecuencia de uso de conceptos, términos o nombres propios en publicaciones impresas entre 1500 y 2022 (que el propio Google tiene digitalizadas), el uso de la palabra ‘archivo’ en lengua castellana muestra que la frecuencia del término en publicaciones en español ha tenido un crecimiento gradual y constante, vinculado al fortalecimiento de las estructuras administrativas estatales y a la institucionalización de los archivos nacionales y eclesiásticos. La gráfica muestra varios aumentos en su uso, especialmente entre el siglo XVI y mediados del XVIII, pero no es sino hasta principios del XIX que este se acelera, continuando al alta con algunas depresiones, como se observa a mediados del siglo XX.

 

Estos picos representan momentos clave en la historia de los archivos, resultados de cambios en la forma de catalogación del mundo y del desarrollo tecnológico. Déjenme explicar. A partir del siglo XIX, destaca el contexto de la profesionalización de la burocracia y el surgimiento del estado-nación, que dieron lugar a la institucionalización de los archivos. En la América independiente, esto significó también la creación y estabilización de una identidad nacional construida a partir de la memoria histórica y la sustentación en fuentes primarias resguardadas en archivos. Hacia finales del mismo siglo, el crecimiento y la estabilización del Estado intensificaron su uso, el cual, con el paso del tiempo ya había adquirido una forma más definida. Si le agregamos a la mezcla la automatización de la imprenta, la aceleración de los métodos de transporte y el avance tecnológico en la comunicación dado por la primera guerra mundial, justificamos las alzas del XX. La depresión que sigue es consecuencia de la segunda guerra mundial, la cual realza en la última década del siglo con la popularización de la tecnología digital, inaugurando el XXI.

 

3. Antes del programador y el científico de datos estaba el archivista y el primer código fue una colección de inventarios

La relación entre archivo y tecnología es constitutiva, y esta no solo responde al contexto creado por la revolución digital. En sus orígenes milenarios, estos siempre fueron innovaciones tecnológicas: el trabajo técnico de descripción y de valoración, la organización sistematizada de los materiales y la implementación de infraestructura especializada para su mantenimiento son muestra de ello, como lo son también las fichas de catalogación, el manejo de control de pestes y la implementación de sistemas de búsqueda.

El advenimiento de la revolución digital no sólo ha cambiado el archivo, sino también a los procesos de manejo y escritura de la historia. Pienso en la archivística, la diplomática y la paleografía, conocidas como las tres ciencias auxiliares de la historia, que fueron consideradas durante décadas como un conjunto de técnicas obsoletas, impartidas únicamente en los programas más conservadores (o comprometidos) de historia. Hoy, estas han recobrado una importancia inesperada que vale la pena resaltar, pues no da otro indicados de los cambios que aquí referimos.

La diplomática ha dejado de ser una herramienta exclusiva para el estudio de la veracidad de documentos antiguos (casi siempre medievales) y se ha convertido en un recurso crucial para evaluar la veracidad de la documentación digital. La archivística, por su lado, ha ido reformulando sus principios y sus fundamentos para ajustarse a las nuevas necesidades tecnológicas. Mientras que la paleografía se ha automatizado al punto de ser una vanguardia en el desarrollo de la tecnología del reconocimiento óptico de caracteres, sobre todo enfocado en el reconocimiento y transcripción de grafías manuscritas en documentos antiguos mediante el uso de inteligencia artificial.

Por estos cambios, no es de sorprendernos que ahora el entrenamiento formal de los archivistas esté directamente ligado con las ciencias de la información, la informática y los sistemas complejos, convirtiéndola así en una disciplina en rápida evolución, cuyas consecuencias a largo plazo siguen siendo difíciles de prever. El almacenamiento de documentos y datos a gran escala, así como las faceta que toma el acceso a la información, los sistemas de búsqueda y los mecanismos de control, que fueron más o menos iguales por siglos, en el lapso de tres décadas se han ido transfiriendo a plataformas digitales, creadas y cuidadas por diseñadores de datos y programadores, y la prioridad para el acceso a los documentos y colecciones ahora radica en la creación de repositorios digitales, que prometen perdurabilidad y acceso.

La experiencia de estas ciencias auxiliares y los cambios que ha surfrido el archivo a manos de lo digital son un indicador clave que nos permite enfrentar, de forma crítica, los desafíos contemporáneos en la gestión, validación y preservación de la información. Además, asoman una pregunta fundamentalmente interrelacionada: ¿qué sucede con la escritura de la historia en el mundo digital? La posibilidad de acceso a bases de datos, repositorios en línea y millones de libros a la mano han transformado el oficio del historiador y la escritura de la historia.

 

4. El futuro

La tecnología y el archivo digital no están exentos de los problemas que prometen solucionar. A continuación, cuatro puntos a considerar:

1. Para acceder a las bases de datos digitales, primero hay que tener acceso a una computadora con internet, y contar con destreza digital, pues la navegación de estas colecciones no suele ser sencilla. Esto le cierra la puerta a una parte muy importante de la población, sobre todo a los adultos mayores y a las personas rurales. ¿Qué pasa, además, con la privacidad de la información personal si el acceso a las bases de datos muchas veces involucra un minado de la data del usuario? Por otro lado, ¿quién es el dueño de los sistemas donde ponemos la información, y quién tiene el control del acceso en términos globales?

2. Las decisiones políticas se toman por medio de sistemas de comunicación inmediata que no dejan un archivo burocrático formal, lo que implica falta de registro y, consecuentemente, de acceso. Sencillamente, el 14 de marzo del año en curso, Jeffrey Goldberg, editor de The Atlantic, reveló que la administración Trump planeó un ataque a Yemen a través de una serie de mensajes en Signal, un sistema de comunicación instantánea cifrado. Al día siguiente, el bombardeo ocurrió según lo chateado. Así como la guerra se planifica en Signal, se dice que la política mexicana se negocia en WhatsApp. ¿Qué implica que una empresa privada controle estos medios? ¿Cómo afectará esto la historia que se escribirá sobre nuestro presente, cuando la información para hacerlo esté cifrada detrás de códigos cerrados y controlados por empresas privadas?

3. Almacenar datos requiere grandes volúmenes de espacio, así como condiciones específicas para asegurar su conservación. La nube que recolecta nuestra memoria digital no es una suspensión de agua evaporada en la atmósfera sino centros físicos con altísimos consumos de energía y agua, poco o nada regularizados, que producen millones de emisiones de carbono, disrumpen el hábitat donde se encuentran, y elevan las temperaturas de la zona circundante.

En México se reportó en julio que los centros de datos en construcción en Querétaro carecen de regulación y transparencia en el uso del agua, mientras que las comunidades locales enfrentan desplazamientos, sequías y dificultades para acceder al agua potable.[4] Estos centros se encargan, como su nombre lo dice, del manejo integral de los datos producidos de forma digital, y para lograrlo tienen que garantizar la climatización del espacio, pues los servidores que operan de manera constante, generan calor y necesitan enfriarse para funcionar. Frente a este contexto, el por qué documentamos, qué documentamos y cómo lo documentamos es tanto una pregunta personal como sistémica, cuyas respuestas implican también al ejercicio político, la economía, el medio ambiente y a la producción de la historia.

4. Si hasta hace poco el archivo parecía pertenecer al ámbito de lo exterior, hoy su lógica también se ha desplazado hacia lo más íntimo: el propio cerebro. El objetivo final de muchos desarrollos tecnológicos actuales es emular la mente humana, algo que, hasta ahora, solo la mente humana había sido capaz de intentar (recomiendo leer MANIAC de Benjamin Labatut). La imitación del cerebro humano ha dotado a la tecnología de un lenguaje propio, retomado desde la neurociencia. El desarrollo de códigos, sistemas de análisis y más recientemente la creación de redes neuronales artificiales (neural networks) para el machine learning son la culminación del mismo proceso. Entre las funciones que se buscan replicar se encuentra, por supuesto, está la memoria. Y, si Linda A. Henkel tiene razón, nuestros procesos cognitivos están perdiendo fuerza a favor de la prótesis mimética que portamos todos en la bolsa del pantalón.

 

 

El archivo no es una cosa, sino una relación: con el tiempo, con el poder, con la pérdida. Su definición, siempre inestable, se reconfigura según los regímenes tecnológicos, las ansiedades históricas y los lenguajes que lo nombran. Que la palabra “archivo”, y su uso, se haya disparado en frecuencia en los siglos XVI, XIX y desde finales del siglo XX, no es casualidad: responde a giros epocales donde la acumulación de datos se convierte en práctica vital y gubernamental con importantes consecuencias éticas, políticas y ambientales. Pero esta proliferación no equivale a claridad. Al contrario: cuanto más decimos “archivo”, más se vuelve necesario preguntarnos qué significa, para quién funciona y a qué costo se sostiene. En tiempos de sobreabundancia y olvido automatizado, adelantar la pregunta por el archivo, su forma, su materia, su control y su historia es imperativo.

 

[1] Henkel, Linda A. “Point-and-Shoot Memories: The Influence of Taking Photos on Memory for a Museum Tour.” Psychological Science 25, no. 2 (2014): 396–402

[2] Gruzinski, Serge, Quand les Indiens parlaient latin: Colonisation alphabétique et métissage dans l’Amérique du XVIe siècle, (Paris: Fayard Histoire, 2023)

[3] Christian Allaire, “Kylie Jenner Dug Into the ’90s Archives for the CFDA Awards,” Vogue, November 8, 2022, https://www.vogue.com/article/kylie-jenner-vintage-90s-dress-cfda-awards.

[4]México: Centros de datos crecen con inversiones de Amazon, Microsoft y Google, pero carecen de regulación y transparencia en el uso del agua,” Business & Human Rights Resource Centre; “Querétaro y Los Centros de Datos: El Alto Costo Hídrico y Social Del Paraíso Tecnológico de México”, WIRED

Historizar el archivo: experiencia y porvenir

 

Nunc coepi.

 

Historizar el archivo

¿Cuáles son las condiciones de posibilidad en la actualidad para historizar el archivo? ¿Qué consideraciones históricas hacen de la pregunta por la archivación una reflexión existencial? ¿De qué naturaleza son las instituciones que disponen la estructura de nuestras relaciones con los archivos y viceversa? ¿Bajo qué perspectivas podríamos denominar las políticas de la identidad como perversas en relación a los procesos archivísticos en nuestros días? ¿En qué registros de la cultura pueden reconocerse vías afirmativas en la elaboración de prácticas archivísticas que tiendan a sociabilidades no gobernadas por los imperativos de saberlo todo? Estas interrogantes son las que animan estas reflexiones orientadas a enmarcar los problemas a los que estamos enfrentados en las diversas sociabilidades que constituyen la cotidianidad.

 

Crisis epocal

Uno de los índices históricos reconocibles de una transformación en la estructura de las formas de sociabilidad en la actualidad es el agotamiento del proyecto de la Ilustración, si por éste comprendemos la articulación entre los modos de producción de una forma de vida dirigida hacia su la mejora de sus condiciones, el progreso de la humanidad, el desarrollo capitalista, la libertad del sujeto y el proyecto de la filosofía de la historia como resolución de los tiempos bajo el signo de una civilización librada de sus malestares. El desfondamiento de las ficciones que sostuvieron y movilizaron durante trescientos años la mundialización de los elementos mencionados, lleva consigo al menos tres expresiones discursivas reconocibles en la sociabilidad. La primera de ellas es la posición reformista que insiste en la restitución, el mejoramiento y restauración de los valores y modalidades ilustradas. La segunda es la radicalización destructiva de los restos ilustrados a favor de la aceleración de una transformación consecuente con las formas de la cultura dominante. La tercera es el nihilismo en su versión inhabilitante, a-dicta, cuyo silenciamiento expresa el malestar de una impotencia. Estas modalidades resaltan las limitaciones de los lenguajes disponibles para apalabrar y nombrar las emergencias de figuras y experiencias entrópicas a las que nos enfrentamos, así como la consumación de una guía de la acción autorizada por un telos. La historia, comprendida como la operación articuladora entre el tiempo vivido y el tiempo del mundo, ha perdido su capacidad de conducir sus esfuerzos hacia la producción de relatos coherentes, en los que la sacrificialidad sostenga un proyecto político. Este abismo evidencia las versiones en que la historia ha reducido la proliferación de posibilidades de existir y llegar a ser a una serie de identificaciones a categorías, afecciones e imágenes que tienden –inútilmente– a la coincidencia del sujeto consigo mismo. En este sentido, la crisis epocal es, a su vez, el colapso civilizatorio actual y la concepción del tiempo en categorías como épocas, siglos, reinos, imperios, dada su filiación ilustrada y, más ampliamente, teológico política. Las funciones, los lugares y las dinámicas del archivo ante esta situación tienen una importancia de primer orden debido a la disposición mnémica y gramática que circunscribe nuestras existencias en esta mutación tecnológica. La descentralización epocal que han mediado los archivos da lugar a preguntarnos por otras mediaciones y sus efectos en los modos en que ciframos la existencia.

 

Archivo e institución

Uno de los rasgos constitutivos de los archivos es su ineludible relación que los enlaza con las instituciones. Con el lenguaje, en primer lugar. En él los diferentes registros de la sociabilidad, la política, los espacios del saber, las agrupaciones artísticas y las zonas donde suceden las expresiones que no se identifican necesariamente ninguna de las anteriores, distinguidas por la suspensión del principio de equivalencia, promueven selecciones, órdenes y accesos a los registros materiales que resguardan. Las instituciones son efecto de sus procesos de formación, venidos de una doble operación: la selección de aquellas consignas que las formalización y los rechazos u ocultamientos de lo que debe de apartarse para sostenerse. De modo que, al confrontarnos a un archivo, la pregunta acerca de la historia y estructura de la institución que lo resguarda –y viceversa– delimita y promueve un tratamiento que sitúa, delimita e interroga las operaciones que suceden en cada una de estas dinámicas archivísticas. Historizar los archivos, en este sentido, implica ya siempre la reflexión acerca de las correspondencias y fallos entre los soportes materiales en los que se materializa la memoria en cada grupo de existentes, así como los espacios donde se depositan y organizan los cuerpos documentales.

La perdurabilidad de las instituciones ilustradas y de otros tiempos que concentran los archivos en el siglo XXI son, principalmente, los Estados u organizaciones político-religiosas, las universidades, centros e institutos de investigación, agrupaciones dedicadas a la creación y exposición artística, así como las empresas o corporaciones mercantiles. Estas mediaciones están, en diferentes intensidades y maneras, vinculadas entre sí sin por ello perder la especificidades de cada una. Un elemento común que anuda a las cuatro lógicas es el imperativo extractivo que codifica la gramatización (Bernard Stiegler) en nuestra cotidianidad. Reducidos a datos intercambiables según las fluctuaciones y órdenes de la tecnociencia caída en su mera reproducción, servimos al estado de vigilancia (Alberto Moreiras) queramos o no. La sofisticación de la técnica lleva un sometimiento expositivo en el que la verdad, comprendida como llevar a la transparencia y al desvelamiento de un existente, hace de principio social buscando el reconocimiento y evaluación en las estadísticas que la misma extracción produce. El éxito de esta dominación se expande con cada satisfacción de haber sido Uno, o bien, de hallar la exhibición total de una experiencia. Ante este forzamiento a lo Mismo, a las relaciones inquisitoriales y extractivas con el archivo, ¿cuáles son los excedentes a los que podemos apelar y elaborar?

 

A-topías del archivo

Que el estado de vigilancia sea el régimen de experiencia generalizado y particularizado del siglo XXI no implica, necesariamente, que la totalidad a la que tiende esté realizada. El psicoanálisis, la infrapolítica, la crítica y los saberes de la negatividad se han ocupado de señalar ahí donde la diferencia ontológica, esto es, la no-coincidencia constitutiva de la existencia despliega un excedente incalculable, irreductible, del que no puede haber expertos ni reducciones equivalenciales que logren capturar eso que anima las concreciones de la política, el saber y la subjetividad. El archivo, desde esta perspectiva, es un residuo respecto a lo que no cesa de suceder. Estos restos cifrados no son portadores de ningún Sentido, no pueden serlo debido a su naturaleza fracturada, carente de una Totalidad originaria que aseguraría su correcta interpretación. Este carácter anárquico (anarkhé) del archivo es, precisamente, lo que habilita sus diversos tratamientos, sean estos teológicos, científicos, estéticos, críticos, etcétera. Que la extracción tenga ahora y, tal vez, desde tiempos inmemoriales, la fuerza de someter la mundialización a sus designios es efecto de la fractura originaria.

Uno de los rasgos de negatividad de la historiografía es simbolizar las a-topías de la razón instrumental que alientan el encantamiento del Sentido. La simbolización traza las oquedades que reúnen a los saberes atraídos a éstas. Pone en relieve las limitaciones discursivas que aseguran capturar y saturar aquello que buscan y que se les va de las manos, en cada caso. Horada los imperativos del lenguaje reconocibles en las narraciones que las sedimentan llevándolas hacia lo que no dicen. Respecto al archivo en la actualidad, hay una serie de a-topías que vale la pena atender, en caso de no ser abducido por el encantamiento perverso de saber negar la falta. A continuación, enlisto tan solo 4 de esas a-topías que considero imprescindibles en el trabajo de historización del archivo.

– Sostener los efectos de diferencia. Ante un cuerpo documental (des)ordenado, comprender la doble coherencia —la de la institución del archivo y la del material expuesto— a la que nos confrontamos para hacer emerger y sostener la distancia, la no-coincidencia entre sus particularidades y las nuestras, contra toda domesticación presentista.

– Los cuatro órdenes constitutivos del archivo, a saber, el de la institución que los resguarda, la exposición del material, la epistemología del investigador y el del mecanismo de represión que atraviesa y dispone de los tres anteriores, producen una serie de ficciones a modo de supuestos de los que vale la pena estar advertidos. Ubicar el entrelazamiento de estos órdenes hacen de límite a lo que queremos saber y regular, dando espacio a que el archivo objete al investigador.

– Sueños e historicidad. Como el sueño, la historia es la organización narrativa de aquello que olvidamos y recordamos de una experiencia carente de telos. Considerar al archivo como el velo de aquello que queremos hallar es ya un carácter afirmativo de la intransparencia.

– Nuestra memoria es del otro. Al ir a un archivo a investigar respondemos a nuestra experiencia, mediada por la memoria que otro nos donó para apalabrar nuestra existencia. Esto es: lo que archivamos y lo que buscamos en el archivo es ya una inquietud del otro.

 

Archivo y perversión

En el marco del Coloquio Internacional “Por una gestión crítica de la cultura. La gestión como pro-ducción” celebrado por 17, Instituto de Estudios Críticos en enero de 2023, hubo una mesa integrada por Javier Guerrero, Mario Camarena y Javier León, titulada “Otros usos del archivo”. En la ronda de preguntas y comentarios, Benjamín Mayer Foulkes hizo una sugerencia de lectura de los archivos venida de la enseñanza de Lacan, concentrada en las estructuras subjetivas, a saber, la neurótica, la psicótica y la perversa. En ese momento enfatizó la importancia del archivo perverso como aquel que niega la falta suponiendo que puede mostrarse todo. A continuación, Benjamín preguntó si el archivo digital podría considerarse como perverso y, en caso de serlo, de qué manera podría alterar esta modalidad al trabajo de los saberes de la negatividad. Si bien estas menciones requieren de una elaboración de largo aliento que excede este escrito, no está demás subrayar la singularidad de esta aproximación. Por cierto, bastante afín al estado de vigilancia al que estamos sometidos. Si la estructura perversa se horroriza ante los huecos, sosteniendo la plenitud de su saber vía la predicción, el amaestramiento, la legislación y el ofrecimiento de fantasías de lo Mismo, los usos del internet, en su mayoría, disponen de nuestra experiencia como instrumentos de la Totalidad. Entre otros efectos, la perversión reduce la política a la convicción de soberanía de la conciencia de los individuos que no cesan de identificarse a metarrelatos de cuya transparencia y verosimilitud está asegurada por su filiación a diferentes mitologías. Estas políticas de la identidad suelen administrar sus relatos, así como sus archivos, a partir de lo que debe ser recordado, leído, mencionado, bajo un contrato, sea explícito o no. Estas insistencias en la domiciliación y la revelación de lo que es, mantienen un borramiento de las particularidades no equivalentes que hacen a la existencia. Si hay algo que no es capturable en la perversión de esta crisis epocal es, precisamente, la existencia. Salvaguardarla afirmativamente demanda un trabajo de archivo por vía negativa, esto es, en tensión y consonancia con el jeroglífico que cifra, en cada caso, la iteración de un secreto del que se desprenden la posibilidad de significantes inéditos.

 

Anarqueologías

La crisis epocal expone la fractura constitutiva de la existencia respecto a la que, de diversas maneras, se han materializado las estructuras y modalidades en que se ficcionaliza la experiencia y se produce el sentido. Una de las tecnologías derivadas del carácter aprincipial de los existentes es la operación anarqueológica. La anarqueología, planteada en Anarcheologies. Reading as Misreading (2020) de Erin Graff-Zivin, hace de la lectura una práctica venida de palpar el secreto que lleva cifrada las escrituras, en cada caso. El secreto no contiene el Sentido. Es la marca de un indecible, de un excedente respecto a lo que la gramática organiza un trabajo de silencio. Su lógica atiende los hoyos que llevan el archivo hacia su apertura no reducida a la pulsión teológica de cohesionar en torno a un origen y un destino, los fenómenos y cosas que figuran y extrañan los mundos que nos disponen. La anarqueología, dada su naturaleza, no es localizable en una sola institución. Esta sucede historizando las estructuras institucionales, es decir, enfatizando la historicidad a la que está sujeta, irremediablemente, las construcciones discursivas que enmarcan la inteligibilidad que nos hace hablar y escribir. El efecto que nos arrojan las anarqueologías en términos institucionales es evidenciar que éstas pueden orientarse y ponerse en marcha sin suscribir su fin último como una coincidencia entre sus proyectos y sus realizaciones. Estas pueden conducirse hacia su fortalecimiento a través de las iteraciones que logre alojar, elaborar y relanzar a la sociabilidad caída al estado de vigilancia. Una archivación anarqueológica implica la suspención de la subsunción del pensamiento y de la existencia a la política, a la ética o a cualquier fantasía de Unidad. Trabajar el archivo anarqueológicamente es la activación de otras escrituras sociales avivadas por el riesgo de aventurarse hacia el deseo. Así planteada, la ganancia secundaria de la crisis epocal es la posición afirmativa del nihilismo que sigue el heraldo de la traza de lo desconocido, de otro comienzo.